Introducción

En el complejo ajedrez de la geopolítica contemporánea, pocas piezas se han movido con la deliberada intención de alterar el equilibrio de poder como el bloque BRICS. Originalmente un acrónimo económico acuñado por Goldman Sachs para agrupar a las economías emergentes más prometedoras (Brasil, Rusia, India y China), la posterior inclusión de Sudáfrica y su reciente y ambiciosa expansión en 2024 para incluir a Egipto, Etiopía, Irán, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, ha consolidado su metamorfosis: de una etiqueta financiera a un club geopolítico con la declarada ambición de esculpir un orden mundial multipolar.

La reciente declaración del expresidente estadounidense Donald Trump, calificando al grupo como «antiamericano», y la contundente respuesta del presidente brasileño Lula da Silva y el líder chino Xi Jinping, quienes defendieron al bloque como un bastión de «independencia» y cooperación Sur-Sur, no es una mera anécdota, sino el eco de una fractura tectónica global. Este escenario nos obliga a plantear dos preguntas fundamentales: ¿Hacia dónde se dirige realmente el proyecto BRICS? Y, en este nuevo mapa de poder, ¿debería México considerar su ingreso?

La Trayectoria de BRICS: De Motor Económico a Contrapeso Geopolítico

Para entender el destino de BRICS, es crucial analizar su evolución. En sus inicios, el grupo se centró en coordinar posturas económicas, criticar el dominio del dólar estadounidense y abogar por una mayor representatividad en instituciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Su logro más tangible fue la creación del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) en 2014, concebido como una alternativa de financiamiento para proyectos de infraestructura y desarrollo sostenible en los países miembros y otras economías emergentes, sin las condicionalidades políticas a menudo asociadas a las instituciones de Bretton Woods.

Sin embargo, la última década ha infundido al bloque un carácter marcadamente político. La invasión de Rusia a Ucrania, la intensificación de la rivalidad entre China y Estados Unidos, y la creciente insatisfacción de muchas naciones del «Sur Global» con el orden liberal encabezado por Occidente, han servido de catalizador. BRICS+ (como se le conoce tras su expansión) ya no solo busca reformar el sistema, sino construir uno paralelo. Su agenda actual se articula en torno a tres ejes principales:

  1. La Desdolarización: El objetivo más ambicioso es reducir la dependencia del dólar en el comercio internacional. Los miembros están impulsando el uso de monedas locales en sus intercambios bilaterales y explorando la posibilidad de crear un sistema de pagos o incluso una moneda de reserva común. Aunque este es un objetivo a muy largo plazo y plagado de dificultades técnicas, la mera intención señala un desafío directo a la piedra angular de la hegemonía financiera estadounidense.
  2. La Expansión de la Influencia: La reciente incorporación de potencias energéticas de Medio Oriente como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, y de actores estratégicos en África como Egipto y Etiopía, no es casual. Otorga al bloque un control significativo sobre los recursos energéticos mundiales, rutas comerciales clave y una mayor representatividad demográfica (ahora agrupa a casi la mitad de la población mundial).
  3. La Articulación de una Visión Alternativa: BRICS se presenta como un foro de potencias no-occidentales que, a pesar de sus diferencias, comparten el deseo de un sistema internacional menos jerárquico. Promueven principios como la no injerencia en los asuntos internos y el respeto a la soberanía, un discurso que resuena fuertemente en países que han experimentado intervenciones extranjeras o que se sienten marginados en los foros globales dominados por el G7.

El destino de BRICS parece ser el de consolidarse como el principal polo de poder alternativo al bloque occidental. No busca ser una alianza militar como la OTAN, sino una plataforma flexible para coordinar políticas, crear instituciones financieras propias y, en última instancia, reescribir las reglas del juego global. Sin embargo, su camino no está exento de obstáculos, como la profunda rivalidad entre India y China, las diferentes visiones económicas de sus miembros y el desafío de mantener la cohesión en un grupo tan heterogéneo.

El Dilema Mexicano: ¿Norteamérica o el Sur Global?

Ante esta reconfiguración del poder mundial, la pregunta sobre el papel de México es ineludible. A primera vista, la invitación a unirse a un club de potencias emergentes que aboga por la multipolaridad podría parecer atractiva. Los argumentos a favor suelen centrarse en la diversificación de las relaciones exteriores, una aspiración histórica de la diplomacia mexicana para reducir su dependencia de Estados Unidos. Unirse a BRICS podría abrir nuevos mercados, atraer inversiones de capital no occidental y otorgar a México un asiento en la mesa donde se discute el futuro del orden global.

Sin embargo, un análisis más profundo revela que la membresía de México en BRICS no solo es improbable, sino que sería estratégicamente contraproducente en el contexto actual. La razón principal es de una contundencia geográfica y económica ineludible: el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).

México ha apostado su futuro económico a la integración profunda con Norteamérica. Más del 80% de sus exportaciones se dirigen a Estados Unidos, y su economía está intrínsecamente ligada a las cadenas de suministro de la región. El T-MEC no es solo un acuerdo comercial; es un marco jurídico y político que alinea a México con sus socios del norte en áreas que van desde la propiedad intelectual hasta las regulaciones laborales y medioambientales. Unirse a un bloque percibido, con o sin razón, como «antiamericano» y que incluye a adversarios directos de Washington como Rusia e Irán, sería visto como un acto de deslealtad estratégica. La reacción de Estados Unidos, tanto a nivel político como económico, podría ser devastadora, poniendo en riesgo el acceso preferencial al mercado más grande del mundo, el cual constituye el pilar del modelo de desarrollo mexicano.

Además, México tendría dificultades para encajar en la agenda central de BRICS. Mientras el bloque busca activamente la desdolarización, la economía mexicana está profundamente dolarizada en sus flujos comerciales y financieros. Mientras China y Rusia desafían abiertamente el liderazgo estadounidense, la política exterior mexicana, aunque autónoma, se basa en la cooperación y el entendimiento con su vecino del norte para gestionar temas críticos como la migración, la seguridad y el comercio.

Conclusión: Navegando entre dos Mundos

El proyecto BRICS se encamina a ser una fuerza disruptiva y un pilar fundamental en la configuración de un siglo XXI multipolar. Su éxito dependerá de su capacidad para superar sus contradicciones internas y ofrecer un modelo de desarrollo y cooperación genuinamente atractivo para el Sur Global.

Para México, sin embargo, la respuesta a la pregunta de si debería unirse es un «no» matizado. Ingresar al bloque sería un movimiento de altísimo riesgo que amenazaría la estabilidad de su principal relación estratégica y económica. Esto no significa que México deba darle la espalda al Sur Global o a los miembros de BRICS. La estrategia más inteligente para la diplomacia mexicana no es la adhesión, sino la «asociación estratégica selectiva». México puede y debe fortalecer sus lazos bilaterales con Brasil, India, China y Sudáfrica; puede explorar colaboraciones con el Nuevo Banco de Desarrollo en proyectos específicos; y puede seguir defendiendo en foros multilaterales, como el G20, muchos de los principios de equidad y representatividad que BRICS promueve.

En esencia, el camino para México no es elegir entre Norteamérica y el Sur Global, sino actuar como un puente entre ambos mundos. Su privilegiada posición geográfica, su pertenencia al G20 y su doble identidad como nación norteamericana y latinoamericana le otorgan un potencial único para facilitar el diálogo y la cooperación, en lugar de sumarse a una lógica de confrontación de bloques que no sirve a sus intereses nacionales.

Reflexiones críticas

  1. ¿Considera que un mundo multipolar, con bloques como BRICS desafiando la hegemonía estadounidense, es inherentemente más estable, o más propenso a conflictos a gran escala?
  2. ¿Si la integración económica con Norteamérica es la principal barrera para que México se una a BRICS, ¿qué cambios tendrían que ocurrir en la economía global o en la política estadounidense para que esta decisión fuera viable en el futuro?
  3. ¿Más allá de los grandes bloques, ¿qué rol pueden jugar las potencias medias como México para fomentar la cooperación y evitar una nueva «Guerra Fría» entre Occidente y el eje China-Rusia?
  4. ¿Y usted qué opina?

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Referencias:

 

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