Así se titula un hermoso, aunque tristísimo, cortometraje de doce minutos que se puede ver en Netflix.

Con la voz entrecortada, desde muy lejos, donde hoy vive, mi hijo nos llamó para pedirnos, casi obligarnos, a que lo viéramos de inmediato. “No se lo pueden perder”, nos dijo.

En efecto, es una pequeña película que hay que ver. Evito los spoilers. Sólo menciono que se trata de un tema muy doloroso: la pérdida de una hija por un tiroteo en su escuela.

Cuando acabé de verla, con el corazón estrujado, pensé que, por fortuna, esas cosas no sucedían en México. Sin embargo, luego me acordé que sí. Cómodamente lo había olvidado.

Hace cinco años ocurrió una tragedia de este estilo en Monterrey. Yo estaba dando una conferencia en León. Cuando terminó, revisé los mensajes que tenía en el WhatsApp. Un querido amigo me había mandado un video advirtiendo que se trataba del “tiroteo de un alumno contra sus compañeros del colegio de Monterrey esta mañana”. Yo no estaba enterado de la noticia y, sin pensarlo mucho, abrí el susodicho video para verlo. Tuve que respirar varias veces y profundamente para superar las nauseas. Desde luego que me arrepentí de observar cómo un pobre muchacho desequilibrado —de la misma edad de mi hijo que cinco años después me recomendaría Si algo pasa, los amo— baleaba a su maestra y compañeros, para luego suicidarse de un disparo en la boca. Un niño queriendo matar niños.

Son escenas comunes y corrientes en nuestro vecino del norte. Hasta ese entonces, que yo recuerde, no había ocurrido algo semejante en México.

El joven del Colegio Americano del Noreste claramente tenía un trastorno mental. De eso no puede haber duda alguna. El arma homicida, un revolver calibre .22, que hirió a tres alumnos y envió a la tumba a la maestra y al perpetrador, era del padre del adolescente con el que practicaba la caza. El progenitor claramente fue responsable de no asegurar el arma porque, como nos demuestra la historia en Estados Unidos, entre más fácil sea conseguir armas, más violencia hay. Por eso este tipo de tragedias son más comunes en Estados Unidos que en México.

En 2012, por ejemplo, el joven Adam Lanza, de 20 años de edad, se levantó un viernes por la mañana, le metió cuatro tiros en la cabeza a su madre mientras dormía, se dirigió a su antigua escuela, armado con dos pistolas y un rifle propiedad de su progenitora y le disparó a mansalva a 20 niños de entre seis y siete años matándolos a todos. También se fue en contra de cuatro maestras, la sicóloga escolar y la directora del plantel. Un total de 28 víctimas, incluyendo el propio joven que tuvo acceso a tres de por lo menos una docena de armas que su madre poseía.

Después de esta masacre en Sandy Hook, no pasó absolutamente nada en Estados Unidos con el tema de las armas, en gran parte por la presión política que ejerció la poderosísima Asociación Nacional del Rifle. Sigue sin ocurrir nada. Hoy en día es más fácil para un joven menor de 21 años conseguir un rifle que una cerveza.

Regreso a México. Hace poco más de un año, en enero de 2020, un alumno del Colegio Miguel de Cervantes en Torreón llegó con dos armas en su mochila, propiedad de su abuelo. Vestido como Eric Harris, uno de los perpetradores del tiroteo en Columbine en 1999 (aquí recomiendo ver el extraordinario documental de Michael Moore Masacre en Columbine), comenzó a disparar en contra del profesor de educación física y varios estudiantes dejándolos heridos. Luego mató a la maestra de inglés para posteriormente suicidarse. Con toda razón, las autoridades arrestaron al abuelo del niño como responsable de homicidio doloso por la negligencia de no haber resguardado las armas que utilizó su nieto.

Así que los tiroteos en escuelas ya no son exclusivos de Estados Unidos. Este tipo de locuras ya llegaron a nuestro país. Por eso hay que ver Si algo me pasa, los amo, nominada al premio Oscar en la categoría de mejor cortometraje animado.

Es una pequeña joya cinematográfica escrita y dirigida por Michael Govier y Will McCormack con una animación preciosa de Youngran Nho. Se trata de una elegía con un mensaje esperanzador. Es, además, un recuerdo de que, detrás de las espantosas noticias de masacres en escuelas, hay seres humanos de carne y hueso que sufren pérdidas irreparables por la estupidez de que niños tengan acceso fácil a las armas.

 

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