Andrés Manuel López Obrador es un conservador, porque eso implica ser nacionalista. Los conflictos que han desatado durante su sexenio tienen que ver con los problemas que enfrenta un gobernante conservador que quiere dar el primer paso: construir la nación. es invertebrado, como muchos países iberoamericanos, como muchas colonias; es decir, existen severas dificultades para desarrollar las instituciones que a un país le permitan ser soberano y mantener al derecho positivo como la fuerza del orden vigente. Cuando un gobernante mexicano ha querido formar patria, siempre se enfrenta a los monstruos del extranjero que lo impiden. 

¿Existirá México algún día? ¿El México de quién, de quiénes? ¿El México para qué? Una sociedad de castas en permanente confrontación y con polos de poder centrífugos representan las constantes de Iberoamérica, aún el mestizaje es rechazado en sus implicaciones culturales, espirituales o raciales.  El imperio inmaterial del hispanismo católico, tremendo fracaso civilizatorio, es lo único que logra cohesionar un poco las cosas. Cuántas veces una nación iberoamericana aspira consolidarse, topa con la Iglesia -como el Quijote de la Mancha- y la intentona nacionalista fracasa. Y eso le ocurre a López Obrador como efecto del asesinato en Chihuahua de ministros religiosos. 

A las personas del presidente Benito Juárez y Gral. Plutarco Elías Calles, el Estado Mexicano les guarda la mayor deuda de su existencia. Además de la dolorosa secularización, la creación de instituciones, derechos, leyes y nacional; también se corresponde una débil conciencia cívica y laica. Y la concreción magra de tales proyectos tuvo, sin embargo, guerras civiles que han profundizado los clevajes del rencor y las diferencias sociales. Existen demasiados Méxicos con envidias, odios y traumas, inagotables y eternos. 

La lucha fratricida en que ha vivido México desde su independencia, sólo se ha contenido por la intervención de . La inversión de capitales e, incluso, la asesoría política: Morrow y Daniels -como en su momento Poinsett-, contribuyeron también para que tanto rencor se transformara en una gobernabilidad limitada, acuerdos de camarillas e, incluso, operatividad de Partido de Estado. 

No es mentira que la violencia del está destruyendo el país, pero en ese tema caben muchos de los actores involucrados en la política y la empresa. La inseguridad es el punto débil de cualquier tipo de gobernabilidad, la cadena de eventos relacionados con la violencia se está convirtiendo en una trama de conflictos al final del sexenio. Y ninguna política parece tener resultados, ninguna política gubernamental de ningún partido. 

El fin de sexenio profundiza el hostigamiento a la figura presidencial, es la coyuntura más grave de los gobernantes y la estabilidad del país. Vicente Fox había solicitado al pueblo un impulso, más que vital, para conseguir las transformaciones que había prometido; su impotencia terminó en generar unas elecciones cerradísimas y polémicas que dejaron al borde de la guerra civil a México. Aún cuando el partido en el gobierno recurra a la actitud inmoral del año de Hidalgo o Carranza, las circunstancias no van a perdonar el comportamiento cobarde de la clase política. Somos esclavos de nuestras palabras, ha hablado demasiado -como Vicente Fox-; pero las circunstancias son más graves que en 2006.