Hay obras que no envejecen porque nunca hablaron del futuro, sino de nosotros. «Metrópolis» cumple cien años desde que fue concebida (no solo filmada). Verla de nuevo demuestra que hay ideas que nacen viejas y otras, incómodamente vigentes. La película de Fritz Lang pertenece a la segunda categoría. Un siglo después, sigue devolviéndonos una imagen que preferiríamos no ver.

«Metrópolis» narra la vida de una ciudad partida en dos. Arriba, la luz, el orden, la velocidad, los jardines y la razón. Abajo, el subsuelo, la mano de obra repetitiva, los cuerpos agotados que mantienen en marcha una maquinaria que no les pertenece. En la cúspide gobierna Fredersen, el cerebro de la ciudad; en el fondo, el trabajo, hecho de manos anónimas. Entre ambos mundos aparece Freder, su hijo, que al descender descubre que el progreso también puede tener forma de sacrificio humano. La historia es conocida: conflicto, rebelión, caos, e intento de conciliación. La película es, sin embargo, mucho más que su anécdota.

En primer lugar, «Metrópolis» nos enfrenta a un dilema filosófico que sigue vivo: la razón, por un lado, el trabajo por el otro. Cuando la técnica se separa de la ética, el sistema puede funcionar con precisión quirúrgica y, al mismo tiempo, vaciar de sentido la vida de quienes lo sostienen. No es una crítica a la tecnología, sino a su brutal hegemonía. Algo de eso asoma hoy en sociedades obsesionadas con la eficiencia, los indicadores y la optimización, donde todo se mide excepto las consecuencias humanas.

Si asombra hoy, me imagino las reacciones que provocó hace un siglo. La película lanza una advertencia de inquietante vigencia: el progreso no es por definición civilizatorio. La ciudad de Lang es avanzada, monumental, futurista, pero profundamente injusta. El brillo de la superficie no corrige la miseria del subsuelo; la oculta. Nos recuerda que hay sociedades que no integran, administran las diferencias. Y en ese punto el espejo se vuelve cercano para cualquier país que presume crecimiento mientras normaliza la desigualdad.

El tercer tema aparece con la figura de María y su doble. Cuando el poder no puede controlar a las personas por la fuerza, recurre a la copia. El autómata que suplanta a María no reprime: seduce. No convence con argumentos, enardece emociones. La película predice el peligro de las clonaciones de nuestro tiempo. Cuando la copia es verosímil, la verdad deja de ser relevante. Un siglo después, entre el furor por la IA y el azote de la postverdad, la advertencia resulta inquietantemente familiar.

Un cuarto aspecto es la ciudad como ecosistema enfermo. «Metrópolis» no retrata solo una injusticia social, sino un espacio invivible: jornadas inhumanas, flujos sin pausa, cuerpos subordinados a la máquina y a la explotación de un interés superior a ellos. La ciudad ya no está hecha para habitarse, sino para operar. No es difícil reconocer ahí muchas urbes contemporáneas, donde el ciudadano se convierte en estorbo, el tiempo en tirano y la jornada en infierno.

Inevitable tema es la rebelión. Cuando los obreros destruyen las máquinas, sienten un goce momentáneo que pronto se convierte en tragedia. La violencia no libera; desborda. La metáfora es lapidaria: destruir el sistema sin comprenderlo puede acabar dañando a quienes se pretende salvar. Como el efecto cobra del que me ocupé en mi anterior entrega, no toda solución soluciona, no toda indignación produce justicia; a veces solo acelera el colapso.

Finalmente, el célebre lema: «Entre las manos y la razón debe mediar el corazón». Durante décadas se leyó como una salida esperanzadora. Hoy merece, al menos, una reflexión. ¿Sigue siendo el corazón un mediador confiable cuando también es manipulable, explotable, programable? «Metrópolis» confiaba en la mediación humana. ¿Qué diría Lang si viera que nuestra época duda incluso de eso?

Cien años después, la película no parece antigua; parece insistente. Como aquel que toca la puerta y aunque no le abran, no se va. No porque haya predicho el futuro, sino porque entendió algo que nos duele: el peligro no es la máquina, sino la facilidad con la que el ser humano delega en ella su responsabilidad moral. Tal vez por eso la cinta sigue incomodando. Desde 1926 no nos habla de lo que seremos, sino de lo que seguimos siendo.

@eduardo_caccia

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