Italo Calvino sugirió alguna vez que las ciudades no existen como entidades fijas, sino como relatos que se activan según quien las mira. Justo eso vivimos mi esposa y yo cuando visitamos un sitio recurrente que admiramos: Tequila. En la víspera del año nuevo, conocimos a Jodie y Shea, una pareja de australianos que decidieron pasar unos días en México. Estaban maravillados no solo con el pueblo, sino con el país y su gente. De su boca salían elogios por la comida, por la calidez, por los colores y las texturas, por las tradiciones, por el pasado, pero también por el presente; un viaje que los tenía cautivados.
La costumbre no solo normaliza, anestesia. No porque vivamos menos cosas, sino que las vemos menos. Byung-Chul Han habla de «fatiga perceptiva» para describir ese cansancio del ojo y de la mente sometidos a un bombardeo constante de estímulos. No es que falte mundo; sobran distracciones. Vemos tanto que terminamos por no ver. El filósofo coreano lo llama «infarto del alma»: cuando los sentidos se saturan y ya no saben distinguir lo esencial.
El ojo extranjero no cambia la realidad, pero sí cambia el ánimo. El asombro no transforma el país, transforma la disposición emocional con la que lo habitamos. La misma comida, la misma calle, el mismo ritual, producen efectos distintos según la mirada. Y si la mirada cambia el ánimo, el ánimo cambia el juicio. No vemos distinto porque estamos mejor; estamos mejor porque vemos distinto.
Jodie y Shea nos confesaron que llegaron a México cargando una idea previa: la que se construye a distancia, a base de películas, noticias y relatos de horror donde el país aparece asociado al miedo y la inseguridad. Ese prejuicio se quebró de forma inesperada en Etzatlán, cuando un niño de no más de diez años se acercó a ellos en la calle. Pensaron que intentaba vender algo; lo rechazaron con cortesía. El niño, entonces, les habló en inglés: «Parecen perdidos, ¿puedo ayudarlos?». En ese acto mínimo (un niño ofreciendo ayuda en idioma extranjero) se desarmó la presunción del peligro. Lo mismo ocurrió con la dueña de una hacienda donde se hospedaron, una mujer muy ocupada, con decenas de empleados, que decidió regalarles horas de su tiempo durante varios días para mostrarles su rincón de Jalisco, su cultura, su hospitalidad.
Para ellos, nada de eso habría ocurrido en Australia. A lo largo del viaje, desde Tequila hasta Tulum, la experiencia se repitió: desconocidos que ayudaban sin pedir nada a cambio. México no confirmó sus temores; los desmintió. Y en ese desmentido, entendieron que a veces el verdadero riesgo no está en el destino, sino en los ojos con los que lo vemos.
Recuperar el asombro es una forma de estar vivo. Se vuelve en algo más que entusiasmo, es una manera de registrar el mundo, es no resignarse a verlo muerto. El asombro no depende de viajar, cambiar de país o de vida, depende de detener la mirada automática para ver lo mismo con apertura. Y no debería ser algo que nos sorprenda, debería ser algo que decidimos cultivar.
Estamos acostumbrados a vivir con una riqueza simbólica enorme, muchas veces desbordante, que a veces damos por sentada. Jodie y Shea no nos descubrieron nada nuevo, nos recordaron el país que olvidamos que somos.
Por un momento nos devolvieron México.
@eduardo_caccia





































