Nací arqueólogo sin saberlo. De niño desenterraba piedras como si fueran reliquias. Años después entendí que lo que buscaba era significado. Los sitios arqueológicos me son magnéticos. Me gusta la sensación del hallazgo, desde el atisbo de la primera sospecha, hasta la paciente develación de lo que emerge. En un mundo que replica objetos y experiencias, estos momentos arqueológicos representan más que un potencial descubrimiento, nos recuerdan que los seres humanos valoramos lo que es único e irrepetible.
En «La obra de arte en la era de su reproducción técnica», Walter Benjamin establece que cuando una obra puede ser reproducida infinitamente, pierde lo que él llama su aura: esa combinación de unicidad, aquí y ahora, historia irrepetible y «distancia reverencial». El hallazgo arqueológico en Oaxaca tiene esta relevancia. La obra es valiosa no solo por su simbolismo cultural, sino porque desnuda una paradoja contemporánea: cuanta más tecnología, mayor es nuestra hambre de lo humano.
Mientras nuestro sistema económico se ancla en la producción masiva, lo limitado (tiempo humano, mano de obra, error, espera, personalización) se vuelve un lujo. Una tumba milenaria nos dice a través de su narrativa y sus elementos artísticos: aquí hubo una persona, aquí hay una biografía, o varias, no solo la del difunto, también la del artista anónimo.
Y es que cuando todo puede ser replicado, lo irrepetible, lo original, se vuelve símbolo. Símbolo valioso, además, por escaso. Georg Simmel postuló una interesante teoría del valor, mediatizado por la interacción social y la escasez, proponiendo que el valor no es una propiedad intrínseca de los objetos, sino el resultado de la distancia entre el sujeto y el objeto deseado. Entre más reproducciones de algo, mayor es su cercanía, de ahí que la distancia le agregue valor. Por ello, insisto: las cosas valen más por lo que significan, que por lo que son.
Los discos de vinil y las cintas magnéticas, aunque objetos de producción masiva, requieren para funcionar de un proceso manual más elaborado que el presionar un botón que demanda el streaming. Un reloj mecánico con cuerda manual pide atención diaria, de otra forma «muere». Darle cuerda, expresión que quizá hoy es un arcaísmo, encierra también una forma de rescate del valor que tiene la mano sobre lo automático. Ahora los relojes digitales exigen actualizar el sistema operativo, otra señal, diría Walter Benjamin, de la pérdida de aura. Un reloj ensamblado a mano carga historias; uno digital ensamblado en serie carga funciones.
¿Qué pierde la humanidad cuando lo humano se vuelve excepción?
Ante el embiste tecnológico, necesitamos buscar el equilibrio, tener objetos portadores de relato, no solo de uso. Por ello hay algo de justicia poética en el hecho de que sea un espacio funerario de hace siglos lo que mueva la reflexión viva: en un mundo de copias perfectas, el mayor hallazgo arqueológico es encontrar rastros de alguien.
@eduardo_caccia





































