El verdadero impacto de  la segunda presidencia  de Donald Trump para  México no radica por lo  ocurrido en 2025, sino  en lo que está en juego  a partir de 2026. Se está  entrando en una fase de  riesgo estructural elevado, no por fragilidad intrínseca, sino por la extrema politización de la  interdependencia con  nuestro socio y vecino. 

 El primer año fue, esencialmente, un período de  contención: amenazas y  amagos que generaron cierta volatilidad e incertidumbre, pero que, al no concretarse de manera plena, no llevó a ruptura ni colapso.  Sin embargo, esa percepción de haber “salido bien librados” encubre una realidad preocupante: la relación bilateral económica y de seguridad fronteriza se ha convertido  en un instrumento de presión política, lo que redefine el perfil de riesgo para la economía mexicana. La revisión del T-MEC en julio de 2026 es el posible catalizador de este posible escenario. Más allá de la evaluación técnica, será un proceso altamente politizado, donde temas laborales, energéticos, migratorios e incluso de  seguridad podrían utilizarse como moneda de cambio.  Para México, el peligro no es la cancelación del tratado o  su segmentación, sino una renegociación asimétrica que  nos ponga en desventaja. Hasta ahora el principal impulsor del crecimiento ha sido el comercio exterior, perder lo afectaría el empleo formal y la capacidad productiva,  bastante deteriorada por una inversión privada pasmada  y una pública desorientada. 

Además, la persistente amenaza de medidas unilaterales ligadas a la migración, que han debilitado el ˌujo de  remesas y ahora el combate al crimen organizado configuran un frente de alta vulnerabilidad. Si estas tendencias  se acrecientan, 202  podría significar la prolongación de  la desaceleración erosionando la estabilidad macroeconómica que se sostiene de alfileres. 

Ahora bien, el escenario es de doble vía. Paradójicamente,  la agresividad retórica y el proteccionismo han colocado a  la economía norteamericana más dependiente de México.  La reconfiguración de cadenas de suministro y la rivalidad con China han revalorado la complementariedad alcanzada mediante el propio tratado. 

Hacia 2026 y los años siguientes, esta dependencia  puede traducirse en oportunidades concretas para el  país si se actúa con inteligencia y visión estratégica.  Empero, sólo una verdadera política industrial aunada al replanteamiento de ciertas  políticas internas puede  consolidarse como pilar  del crecimiento, incluso  frente a una conˌictiva renovación del T-MEC. El mayor riesgo no proviene de Trump, sino de la  incapacidad interna para  capitalizar la coyuntura.  Sin fortalecimiento del  Estado de derecho, sin certidumbre para la inversión  y sin una política industrial coherente con la integración regional, apenas esbozada en el Plan  México, nuestro país podría desperdiciar la oportunidad que se configura. 

El primer año del segundo mandato de Trump marcó  tendencias y posturas. Lo verdaderamente determinante comienza ahora. Se está ante un dilema trascendente:  permanecer reactivo a una relación bilateral cada vez más  condicionada por vaivenes temperamentales, o asumir un  papel proactivo que convierta la integración económica  en una fortaleza y una palanca de desarrollo. 

La prospectiva nos enseña que el futuro inmediato no  está escrito. Un escenario de confrontación podría traducirse en menor crecimiento, volatilidad cambiaria y  un freno prolongado a la inversión. Crear un escenario  de prosperidad estratégica —basado en competitividad,  diplomacia económica contundente y aprovechamiento  pleno de los beneficios del T MECȠ permitiría a México no sólo resistir, sino redefinir su posición en la integración económica regional. Trump es temporal, la integración económica no. 

El autor es presidente de Consultores  Internacionales, S.C.® 

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