Cuentan las crónicas de la época que el 16 de noviembre de 1898, la tienda Harrods inauguró la primera «escalera móvil» de Inglaterra. En realidad, era una banda transportadora inclinada, sin escalones. El suceso causó más que conmoción: provocó ansiedad y trauma entre los visitantes. El personal de la prestigiada casa recurrió a pócimas y menjurjes para «revivir» clientes en estado de shock: brandy, coñac, sales olorosas. Una estampa de progreso que cimbró la vida victoriana de la época. Se convirtió en una atracción popular, aunque estresante para aquellas costumbres.

La historia documenta casos similares. En 1911, también en Londres, la apertura del Metro incluyó una escalera mecánica en la estación de Earl’s Court, que intranquilizó a los usuarios. La gente tenía temor de caerse, de supeditar su equilibrio a algo movible. Para contrarrestar el efecto, el Metro tuvo una genial ocurrencia -además, nada tecnológica-: contrató a William «Bumper» Harris, un tipo de una sola pierna, para que subiera y bajara la escalera mecánica a la vista del público. El mensaje era claro: «si alguien con limitaciones físicas evidentes puede, yo también puedo».

La tecnología y las innovaciones tienen como primera batalla demostrar no solo su utilidad, sino que no son una amenaza. No vayamos tan lejos. En Apizaco, Tlaxcala, se documentó en 2017 la instalación de la primera escalera eléctrica de la zona, en una tienda departamental. Generó asombro y desconfianza. Lo mismo ha sucedido con los primeros elevadores eléctricos de otras latitudes o con los hornos de microondas en los años ochenta del siglo pasado, cuando calentabas la sopa esperando que no quedara radioactiva. Innovaciones que provocan toda clase de especulaciones. El temor es una respuesta al instinto de supervivencia.

En esta semana Hermosillo fue la nota. La apertura de un paso a desnivel provocó furor entre los locales. Las imágenes muestran a cientos de personas recorriendo a pie la obra, mientras toman video y fotografías. Más allá de la utilidad, su apertura refiere un nuevo nivel de significación en el imaginario colectivo. Asombra que se asombren. Y aunque se presta al choteo, plasmado en los memes, como en los demás casos, el asombro no es ignorancia, es un ajuste cultural. La ciudad evoluciona, el habitante aprende nuevos rituales.

Estamos ante la obra convertida en evento. Un espacio que puede «habitarse» mientras se recorre. Me recuerda una tradición de mi infancia. Mis padres manejaban de ida y vuelta sobre avenida Reforma para que viéramos «la iluminación»: instalación navideña hecha con focos multicolores, que redimensionaba el espacio y el trayecto nocturno. Convertía el momento en esparcimiento y, sin saberlo entonces, sembraba memoria.

Los mexicanos no solo usamos la tecnología, hacemos algo más. La humanizamos. Qué común es la escena donde junto al cajero automático del estacionamiento, hay un dependiente dispuesto a insertar el boleto por nosotros, intervenir en caso de que algo se atore o darnos el cambio que la máquina niega. Aquí cabe insertar ese oficio, hoy extinto: los elevadoristas. Colaboradores encargados de presionar el botón del piso de destino. Cómo olvidar aquella especie más sofisticada que además cerraba o abría manualmente la puerta, y anunciaba en voz alta: «Segundo nivel, departamento de damas». Llega el progreso, pero parece que necesitamos a los mediadores. La prueba está en que los parquímetros no ahuyentaron a los «viene-viene», «franeleros» y demás personajes de banqueta.

Londres, Hermosillo, Apizaco o cualquier otra ciudad nos dicen que no solo es tecnología o infraestructura lo que sorprende, sino un desacomodo corporal, que demanda ajustes para domesticar el miedo o la costumbre.

El fenómeno se repite y se seguirá repitiendo. Pensemos hoy en día las múltiples lecturas que tiene la inteligencia artificial y el uso de las redes sociales en diferentes tipos de personas. Como diría el gran Jaime Sabines: «Yo no lo sé de cierto, pero supongo…» que así sucedió con el primer calor provocado por el fuego, o en su momento con la prodigiosa placa de rayos X. Nos alcanza la modernidad en medio del asombro y el temor. Y poco a poco, sin advertirlo siquiera, dejamos de ser los que fuimos. Es buena señal. Estamos vivos.

@eduardo_caccia

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