En los años ochenta me estrené en el mundo laboral. Era un primitivo investigador, «informador de crédito» en un banco; algo así como el primer organismo larvario en la cadena evolutiva de un banquero. Había que estar en la calle, había que tener capacidad de leer un plano, sentido común para armar una ruta, buena memoria para recordar números telefónicos, nombres de calles y su respectiva numeración, pericia inquisitiva, facilidad para escribir un informe y saber teclear en una máquina de escribir. En esto último fui notoriamente torpe, en lo demás tuve alguna solvencia. Esas habilidades (nada extraordinarias) hoy serían un buen reto para muchos jóvenes. Sin duda hemos perdido capacidades en manos del avance tecnológico.
Cuando veo el cielo nocturno (si es que las estrellas son visibles) soy incapaz de orientarme en función de la posición de los astros. Tampoco podría saber en qué época del año estamos dependiendo de dónde sale o se pone el sol. Hubo antes de mí, de nosotros, quienes sabían hacerlo como parte de su repertorio de sobrevivencia o de saberes cotidianos. Los antiguos navegantes podían orientarse en el mapa estelar con apoyo de instrumentos con nombres hoy exóticos: astrolabios, ballestillas y sextantes. Con el tiempo la tecnología facilitó la navegación con nuevas herramientas, como ahora ha facilitado al habitante de una ciudad llegar a cualquier calle o registrar, sin memorizar, números telefónicos y otros datos esenciales. ¿Estamos ante una involución humana?
Quiero pensar que no se trata de una atrofia, sino de una transformación. Procesamos, pensamos y operamos diferente. Ya no sacamos de la guantera la Guía Roji; con un comando de voz activamos el navegador. Pero hay más.
En el provocador ensayo «Pensar se está convirtiendo en un lujo» (publicado en New York Times), Mary Harrington sostiene que la tecnología digital está erosionando destrezas cognitivas clave: la concentración prolongada, la lectura profunda y el razonamiento complejo. Estoy de acuerdo. Soporta su argumento en el Efecto Flynn, fenómeno que ha documentado, durante décadas, las puntuaciones de las pruebas de inteligencia en varios países. Resulta que el coeficiente intelectual promedio estuvo subiendo en las últimas décadas del siglo XX. Es decir, cada generación superaba a la anterior. Pero ahora estas mediciones muestran lo contrario, el coeficiente intelectual está disminuyendo.




































