Al infinito desfile mundial de criaturas insólitas, donde los alebrijes ocupan, sin duda, un peldaño luminoso, se suma una tendencia que despierta asombro en unos e irritación en otros: el therian, esa persona que basa su identidad en sentirse espiritual o psicológicamente un animal. El mundo ya era complejo; ahora surge esta corriente en la que algunos humanos usan máscaras, colas, y prótesis simbólicas para encarnar lobos, perros, gatos, o cualquier otra criatura, desde aves hasta ofidios. Reírse del asunto, ignorarlo o tacharlo de estupidez, es fácil; entenderlo implica otra mirada.
Confieso mi ignorancia. Tengo más preguntas que respuestas cuando veo a las personas emular animales. Algunos se desplazan en cuatro extremidades, otros se arrastran, ladran o maúllan. El territorio es fértil para debatir en términos psicológicos, sociológicos y antropológicos. El fenómeno no es nuevo. Nuestra cosmovisión ya muestra una frontera porosa entre lo humano-animal. En la era prehispánica hubo caballeros águila o jaguar, y nahuales. Varias representaciones humanas mezclan atributos zoomorfos. También figuran las criaturas míticas: el hombre lobo, el centauro, las sirenas, el minotauro. En la tradición cristiana oriental medieval existió una iconografía de San Cristóbal con cabeza de perro. El tema complejiza el debate identitario, tan fragmentado hoy en día. Si para muchos el género puede separarse del cuerpo biológico, ¿también la especie?
Hace unos años nos reunimos un grupo de amigos. Uno de ellos era el chamán. Fiel a sus destrezas metafísicas, nos convocó para un ritual en cuya parte climática develaba con qué animal nos asociaba. Meses después coincidimos en otro sitio y el hijo de un amigo nos acompañaba en el recuerdo de aquella experiencia. Incapaz de resistir la curiosidad, el chico le preguntó al chamán qué animal veía en él. Luego del protocolo místico, vino una respuesta que resultó devastadora para la autoestima del joven. Cuando esperaba que lo identificaran con un intrépido felino o con un ave de grandes vuelos, sintió un balde de agua helada al escuchar: «una ardilla».
Tal vez la pregunta no era si los animales hablan, sino si somos capaces de escucharlos. No en el bosque ni en la fábula, sino en esa zona incierta donde la identidad es difusa. Quizá el therian, el nahual y el hombre herido por la palabra «ardilla» comparten algo más profundo: la necesidad de nombrarse desde otro cuerpo. No sabemos si es refugio, protesta o confusión. Y acaso lo inquietante no sea que alguien quiera aullar, sino que descubramos que dentro de nosotros siempre ha habido un lobo, o un roedor, esperando que alguien lo nombre.
@eduardo_caccia




































