El plan de infraestructura  del gobierno federal coloca a la inversión pública y  mixta como el principal  motor para elevar el crecimiento económico en  el futuro inmediato. Con  una inversión acumulada cercana a los 5.6 millones de pesos hacia 2030,  la estrategia parte de un  diagnóstico ampliamente compartido: sin mayor  formación de capital productivo y sin mejoras en  el capital humano, el país  difícilmente podrá romper  la inercia de bajo crecimiento que ha caracterizado a los últimos años. 

Derivado del Plan  México se busca elevar el  coeficiente de inversión  por encima del 25% del  producto y generar alrededor de 1.5 millones de  empleos en sectores como  manufactura, tecnología  y energía. El objetivo es  ambicioso y, en términos  teóricos, consistente con  la evidencia económica:  mayores tasas de inversión suelen asociarse con  incrementos en la productividad y en el crecimiento potencial. Sin embargo, alcanzar estas metas implica derribar obstáculos estructurales que históricamente han limitado  al país. 

El programa reconoce  correctamente que sin inversión no hay crecimiento sostenido. Sin embargo, anunciar billones es la  parte sencilla. El verdadero desafío será demostrar  que pueden financiarse  sin comprometer la estabilidad macroeconómica, atraer capital en un  entorno global competitivo y ejecutarse sin reproducir las ineficiencias que  han limitado el impacto  de la infraestructura en  el pasado. 

Algunas metas lucen  complejas y ciertos planteamientos requerirán  mayor consenso político y certidumbre regulatoria. Factores externos como la evolución  de la política comercial estadounidense o  las inagotables tensiones geoeconómicas podrían modificar prioridades y obligar a ajustes.  En paralelo, el Estado de  derecho y la seguridad  pública no pueden considerarse variables exógenas: son incentivos  centrales para cualquier  decisión de inversión de  largo plazo. 

La base de la que parte es reducida: inversión  pública en infraestructura promedia 2.4% del PIB  por debajo del 2.7% lati noamericano y lejos del  5-6% de la OCDE necesario para cerrar brechas. 

Para 2026, el programa contempla una inversión total cercana a 1.6 billones de pesos distribuidos en unos 1,500 proyectos. La asignación sectorial revela prioridades claras: energía concentra  cerca del 54% de los recursos, seguida por infraestructura ferroviaria  y carreteras; por su parte  puertos, salud e infraestructura hidráulica reciben proporciones menores, aunque estratégicas. 

Esta composición refleja una visión tradicional de política industrial  orientada a reducir costos  logísticos y energéticos  para elevar la competitividad. El razonamiento no es incorrecto, la  infraestructura que elimina cuellos de botella;  el riesgo, sin embargo, radica en la concentración.  Descuidar áreas como el  agua o la infraestructura social puede limitar el  crecimiento a largo plazo, particularmente en un  contexto de estrés hídrico  y desigualdad regional. 

El interrogante central,  no obstante, es fiscal. El  plan surge en un entorno donde el gasto social  mantiene una trayectoria  elevada, el costo del servicio de la deuda ha aumentado y persiste el compromiso de consolidación  fiscal. Sin una reforma tributaria estructural, la infraestructura compite inevitablemente por espacio  presupuestario. La mejora recaudatoria mediante  mayor fiscalización puede aliviar parcialmente la  presión, pero difícilmente  sustituirá una base tributaria más amplia. 

El gobierno federal ha  planteado esquemas de  inversión mixta para ampliar el alcance financiero del programa. La idea  es razonable: en las economías de la OCDE la inversión privada representa  entre el 30% y 50% del total. El desafío será diseñar  estructuras contractuales  claras; cuando el marco financiero es ambiguo, el  capital exige mayores rendimientos y el costo de la  infraestructura aumenta. 

A estas restricciones se  suma un problema histórico: la eficiencia del gasto. Grandes proyectos han  presentado sobrecostos  significativos y retrasos derivados de planeación deficiente, problemas técnicos  o cambios en el alcance original. El Tren Maya pasó  de un presupuesto inicial  de 120 mil millones de pesos a 650 mil millones; la  Refinería Dos Bocas también superó ampliamente su estimación llegando a 450 mil millones, solo  cómo ejemplo. 

Estos antecedentes no  condenan al nuevo programa, pero sí subrayan una  lección elemental: en infraestructura, el problema  no es gastar mucho, sino  gastar mal. 

El autor es presidente de Consultores  Internacionales, S.C.®

Dejar respuesta

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí