Una buena cantidad de mexicanos desearíamos conocer, a cinco años de gestión de la actual administración federal, una evaluación del desempeño del Andrés Manuel López Obrador al frente del desarrollo social, económico y político de , sin caer en el fanatismo, la necedad, parcialidad o concluir que cada ciudadano mantenga su propio criterio. “Al fin que todo quedará al descubierto en el próximo proceso electoral”.

Hay una verdad absoluta de que, una evaluación de los programas e inversiones fundamentales del gobierno federal, resultaría muy complicada, sobre todo porque, estamos ciertos, “López Obrador ha hablado más de la cuenta y mucho más”, que cualquier otro presidente de México. Imagínese: cinco días de la semana –de dos a tres horas por sesión— el resto del día se desconocen sus actividades.

Sin el ánimo de convertirnos en críticos acérrimos de la gestión presidencial, debemos reconocer que, una de las principales preocupaciones del jefe del Ejecutivo, es tener a su disposición “dinero contante y sonante, aunque sea del pueblo”. Se cree el “rey del mundo” y es feliz. Nadie es capaz de decirle: “¡la cosa es calmadaa!”, parafraseando al buen cómico “Clavillazo”.

La prioridad de los legisladores de MORENA obedeciendo dócilmente las órdenes de López Obrador, en cuanto a destino del dinero de los mexicanos, ni duda cabe: es la de las obras popularmente llamadas “faraónicas”, a las cuales no ha escatimado esfuerzos ni recursos económicos, “así cuesten un ojo de la cara”.

En serio, estas obras han costado entre dos y tres veces su estimación original. Nada más la refinería “Dos Bocas”, la zacatecana (ahora dice que es veracruzana) Rocío Nahle, calculó una inversión federal por 8 mil millones de dólares, pero “ya ejercieron más de 16 mil millones, sí, ¡de dólares!”.

En este gobierno del presidente López Obrador, entre más dinero “jala” de una gran cantidad de fideicomisos e instituciones federales, “se le abre el apetito incontrolable de “captar dinero y más dinero” y, si se equivoca: “más dinero”.

La forma de gobernar del presidente Andrés Manuel López Obrador, después de cinco años de estar al frente en la conducción de un país como México, con grandes recursos naturales, con alto potencial humano para el desarrollo de actividades primarias (agricultura, ganadería, agroindustria, actividades forestales y pesqueras), industria automotriz, metal-mecánica, minera y otras muchas, nos encontramos, en pleno Siglo XXI, con que la mitad de la población nacional –de un total de 130 millones de habitantes—padece desnutrición, y es fácil presa de enfermedades.

Otro aspecto muy preocupante de gran parte de los mexicanos, son los altos e infames niveles de de una parte importante de la población. Se habla oficialmente del 10 por ciento de pobreza extrema, pero, si se habla solamente de pobreza, seguramente es mucho más.

Sí, en sólo tres años en términos “gruesos”, que afectó a México la de , prácticamente a la totalidad del territorio nacional, en el gobierno de López Obrador, se pudo haber controlado con vacunas de “primer mundo”, pero, los mexicanos “de a pie”, recibimos unas vacunas de “tercer mundo”. La “Abdala” y “Sinovac”, son ejemplos palpables, creadas y probadas en la República de Cuba. Y no se trata de discriminación, sino de oportunidad económica.

Al presidente López Obrador y a su gente de la Secretaría de Salud, del IMSS, el ISSSTE y todas las instituciones del sector salud, los tomó desprevenidos la pandemia de Covid-19. De 60 mil personas que potencialmente pudieran haber muerto por la enfermedad, “en un marco catastrófico”, como lo calificó el inefable “Doctor Muerte”, Hugo López Gatell, subsecretario de Salud, el número de decesos ascendió en México, a 800 mil personas.

Aún está pendiente la por la pandemia más letal en México en las últimas décadas.

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