Para mi estimado Tomasín
Dos breves, pero contundentes frases de la autoría de dos de los más grandes genios de la historia, son más que suficientes para desmantelar de raíz la fallida frase que titula el presente artículo. La primera, es de la autoría de Adam Smith: “Piedad hacia el culpable, es crueldad contra el inocente”. Y la segunda, aun más antigua, le pertenece nada menos que a Leonardo da Vinci: “Quien no castiga el mal, ordena que se haga”.
No es entonces mi intención exponer lo tonto e incluso lo malévolo de semejante y tan vacía palabrería, sino más bien intentar deducir lo que suele llevar a una persona a creer semejante disparate.
Para ello, es indispensable que poseamos una escala de valores morales invertida, dentro de la cuál, los verdaderos villanos de la película no sean los asesinos y violadores, sino más bien la sociedad o parte de ella, pues es supuestamente “el sistema” el verdadero y cimero responsable de haber obligado a semejantes “angelitos” a pecar.
Son entonces los ricos, los neoliberales, los blancos, el patriarcado, el imperialismo yanqui o la fuerza externa de nuestra preferencia, la “verdadera” responsable de mis crímenes y mis fracasos, lo que por ende, me convierte en una buena persona aunque recién haya asaltado un banco a mano armada, pues todos sabemos que la racista o clasista sociedad es la culpable de mis propias acciones, aquella que en realidad no sólo me orilló, sino que me “obligó” a cometer tan atroz y deleznable crimen (y sin incluso haber tenido que ponerme una pistola a mí o a un ser querido para que lo cometiera).
Si la anterior ideología la tenemos incrustada hasta el tuétano, es entonces prácticamente imposible que no queramos abrazar a semejantes “víctimas”, a esos “pobrecitos” e “inocentes” violadores y secuestradores y asesinos que, a fin de cuentas, son tan sólo una víctima más de este sistema en el que vivimos y que a todos nos oprime.
¿Y cuáles son las consecuencias prácticas de sostener tan perversa y equivocada ideología? La primera de ellas creo que es la soberbia, pues al reducir al criminal a un ser totalmente incapaz de controlarse y de no quitarle el celular a aquella inocente ancianita, automáticamente me he convertido, ante mis propios y retorcidos ojos, en un ser genuinamente superior al criminal, un ente inmaculado e incapaz de pecar jamás. ¿Por qué? Pues porque yo, a diferencia del violador, sé mantener en su lugar aquello que debe mantenerse en su lugar. Es el que no viola, entonces, un mesías elevado y perfecto, creado para liderear a las masas y alejarlas del pecado no por sus propios méritos o por la gracia de Dios, sino más bien por medio de la destrucción del sistema capitalista o del enemigo imaginario que me dé la gana de responsabilizar de las acciones de terceros (pues al destruir semejante sistema, habremos alcanzado el nirvana y entonces ya nadie pecará jamás).
¿Y cuál es el antídoto ante todo este inmenso cúmulo de ideas fallidas y corruptas? Muy fácil: saberme, en esencia, igual al criminal, es decir, reconocerlo como un ser humano poseedor de libre albedrío, como yo mismo, pero que trágicamente ha cometido el error de delinquir libre y voluntariamente, a diferencia mía.
Son entonces las acciones lo único que ya en la práctica diferencian al criminal del inocente, pues ambos, por difícil que la hayan tenido en su vida, en realidad siempre tuvieron la opción de cometer o no tal o cual crimen, sólo que unos se decidieron por un camino (el sendero angosto), y los otros, tristemente, por el otro.




































