En los albores del siglo XXI presenciamos eventos que marcaron un nuevo derrotero  del orden internacional. En 2001 los extremistas islámicos realizaron lo impensable:  un ataque en territorio estadounidense con varios miles de muertos y cuantiosa  destrucción. Y en 2008, otro evento, la crisis financiera en el corazón mismo del  capitalismo mundial, encendió las alarmas.  

A partir de entonces hemos visto una serie de eventos como la salida de Gran Bretaña  de la Unión europea, desgate y retroceso en las democracias, inestabilidad  económica, la invasión de Ucrania y la destrucción de Gaza. Occidente perdió el  dominio mundial frente a la emergencia de China como superpotencia y de otras  potencias asiáticas. Las causas de cada evento son muy diversas pero con  consecuencias similares: pérdida de la estabilidad política y económica mundial;  claro retroceso en la cooperación internacional para combatir los principales problemas que aquejan a la humanidad; desgaste de la instituciones internacionales  y del multilateralismo y el uso de la fuerza como moneda corriente en las relaciones  internacionales.  

La segunda llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos pareció darle  carta de naturalización a esta tendencia: abandono del multilateralismo y de los  organismos internacionales; preeminencia del unilateralismo sobre la cooperación;  uso de la fuerza como legitimo instrumento de la policía exterior; nacionalismo a  ultranza y transaccionalismo como hilo conductor de las relaciones internacionales. 

En este nuevo escenario los márgenes de maniobra de países medianos y pequeños se  estrechan en ausencia de sistemas normativos robustos y de espacios eficaces de  cooperación internacional. La acción colectiva en la lucha contra la pobreza, la  protección del medio ambiente y de los derechos humanos, pasan a un segundo plano,  mientras que la administración de las migraciones y el combate al crimen organizado se distorsionan con un enfoque centrado en la seguridad. Mientras tanto, la  concentración de la riqueza se acentúa entre y al interior de los Estados y con ello, el  malestar social.  

Frente a las embestidas del exterior, los gobiernos de pequeños y medianos Estados  tienden a acomodarse, a responder al chantaje del más fuerte como una forma de  sobrevivencia. Los Estados no desaparecen fácilmente, por lo menos es la experiencia  de las últimas cinco décadas, pero si los gobiernos. Esta ruta es comprensible pero no  es la más recomendable. 

Así lo planteó hace unos días Mark Carney, Primer Ministro de Canada, en Davos. Al  igual que México, Canadá ha sido uno de las principales afectados por la política exterior de Trump. De ser el aliado más confiable y menos conflictivo de Estados  Unidos, Canadá ahora es uno de sus principales detractores. 

Carney plantea que sí hay un opción distinta a la aceptación resignada de un orden  internacional desigual y autoritario, sobre todo para las potencias medianas que  cuentan con la capacidad suficiente para para trazar y transitar su propio camino. Para  ello, el primer ministro plantea la necesidad de trabajar en alianzas temáticas en  función del problema por abordar; es distinto el tema del cambio climático, que la  migración, que Ucrania o Groenlandia. En la parte económica, Carney plantea la  diversificación comercial y financiera. 

Carney señala que si bien es el interés nacional lo que orienta la política exterior, no  pueden dejarse de lado valores fundamentales consustanciales a un mejor modo de  vida como la democracia, la libertad y el respeto a los derechos humanos. Concluye  diciendo que frente a estos nuevos escenarios es esencial contar con un diagnóstico certero de la realidad y la determinación de actuar en consecuencia. 

Pero la voz de Carney no es la única en este tenor. Alexander Stubb, presidente de  Finlandia, se dirigió a la Asamblea General de Naciones Unidas en 2025 con un  discurso similar. Stubb parte del reconocimiento de un mundo cambiante en el que el  poder se ha ido moviendo hacia el sur y hacia el este. Al igual que Carney, habla de  intereses pero también de principios que deben de regir la actuación internacional de  los Estados.  

El presidente de Finlandia hace alusión a la diplomacia inteligente, esto es, la forma de  avanzar en forma selectiva y temática y buscando oportunidades en la cooperación  internacional. El diagnóstico y la propuesta del camino por recorrer son muy similares entre el estadista canadiense y el europeo.  

Alimenta nuestro optimismo que jefes de Estado, con presencia y talante internacional  como Carney y Stubb, vean el mundo de esa manera y perciban el caos con otra  perspectiva.  

lherrera@coppan.com

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