Podían escapar. Bastaba saltar una pequeña barrera. Pero no lo hacían. Tiempo atrás habían sido sometidos a una situación en la que, hicieran lo que hicieran, el resultado era el mismo. Ahora las condiciones habían cambiado, pero ellos también: habían dejado de intentarlo. Eran perros utilizados en un famoso experimento psicológico de finales de los años sesenta. Martin Seligman y Steven Maier llamaron al fenómeno indefensión aprendida: cuando experimentamos repetidamente que nuestros actos no cambian nada, podemos terminar aprendiendo que actuar no sirve.

La sociedad es un organismo vivo. También aprende. ¿Qué aprendemos cuando reportamos y nadie atiende, denunciamos y no pasa nada, reclamamos y nadie responde, cumplimos mientras observamos que incumplir no tiene consecuencias? Las repeticiones se vuelven contagiosas. Las instituciones también educan. No solo mediante leyes, aulas y comunicación. También educan cuando son omisas o corruptas, cuando sus respuestas son deficientes, burocráticas y poco efectivas. El trámite que se va al fondo de la pila de expedientes, la copia fotostática que tiene que ser tamaño carta, el permiso para estacionarse en doble fila a cambio de una «propina». Cada evento es una lección social. Es una huella de cómo funciona el sistema.

La falta de consecuencias no es inocente. Tiene un nombre: impunidad. Es un cuchillo de doble filo. Enseña dos cosas simultáneamente: al infractor, que puede hacerlo; al ciudadano, que no sirve hacer algo. Así, al primero le enseña impunidad; al segundo, impotencia.

Hay experimentos sociales que muestran cómo ciertas conductas pueden propiciar otras semejantes. La conocida teoría de las ventanas rotas parte precisamente de esa intuición: las señales visibles de abandono pueden comunicar que ciertas normas han dejado de importar. Orden llama al orden, vandalismo al vandalismo, infractores a más infractores. No es exagerado decir que la impunidad no solamente fabrica infractores, también fabrica espectadores.

Y ese espectador es una derrota colectiva. En algún momento dejó de denunciar; después dejó de reclamar; más tarde normaliza incluso aquello que antes criticaba: «si todos lo hacen…». Una característica del deterioro social es que las personas no necesariamente desconocen las reglas, sino que aprenden cuáles reglas realmente tienen consecuencias y cuáles existen solo en el papel. Ese espectador se convierte en un gestor de su propia legalidad o ilegalidad.

En una colonia de altos ingresos donde las calles están bien pavimentadas, los jardines lucen recortados, la señalización es buena, observo lo que otros parecen no ver: a pesar de la señal que claramente prohíbe girar a la izquierda, decenas de conductores dan la vuelta. Yo veo más que infractores: veo desprecio por el Estado de derecho. Sin darnos cuenta, la anomalía repetida termina convirtiéndose en paisaje. Lo irónico es que muchos de esos ciudadanos son quienes se quejan amargamente del gobierno, de la inseguridad, de la delincuencia. No relacionan su conducta con algunos males nacionales.

El crimen organizado y la infracción cotidiana no son equivalentes en gravedad. Pero se alimentan de una misma expectativa: que la norma es negociable cuando violarla no produce consecuencias.

Acostumbrarnos es una forma de ceguera. Dejamos de ver aquello que sucede frente a nuestros ojos todos los días. El bache, la mordida, el vehículo que invade, el funcionario que no responde, el vecino ruidoso. Pasamos de la indignación a la normalización no cuando dejamos de saber que algo está mal, sino cuando dejamos de esperar que pueda ser mejor.

La conducta social también puede ser pendular. El mismo impulso colectivo que normaliza una conducta puede ayudar a revertirla. El aprendizaje se invierte mediante experiencias concretas: denuncias que sí producen respuesta, reglas que sí se aplican, servidores públicos que sí resuelven, ciudadanos que comprueban que organizarse produce cambios, conductores conscientes de que su ejemplo también se multiplica.

Los perros aprendieron a dejar de saltar. ¿Qué estamos aprendiendo nosotros? La sociedad tiene un problema cuando algunos aprenden que no hay consecuencia en violar las leyes.

Tiene un problema mayor cuando los demás aprenden que defenderlas tampoco.

@eduardo_caccia

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