Para Jorge L. Sánchez Casillas, in memoriam.

Albert Camus comienza El mito de Sísifo con una frase que sacude antes de acomodarte en el sillón. «No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio». Lo escribió en 1942. Más de ocho décadas después, el problema no es solamente responder si la vida merece ser vivida, sino algo previo: saber escuchar cuando alguien empieza a dudarlo.

Hay silencios que no significan ausencia de palabras. Significan ausencia de un espacio donde decirlas. Un adolescente puede tener padres, hermanos, amigos, cientos de contactos y miles de seguidores y, sin embargo, no encontrar a quién decirle: no estoy bien.

Asistí a la presentación de Dilo, un nombre que cabe en cuatro letras y contiene, tal vez, una primera respuesta. Ahí escuché la historia de Alexa, en voz de su madre, Sofía. Un relato dolorosamente reconocible: una adolescente brillante, rebelde; una joven que no encontraba su lugar; una familia que la amaba, pero no supo reconocer las señales. Una última publicación en las redes: una petición de ayuda. Una decisión desesperada. Y luego el silencio. Alexa Palme tenía 17 años.

Hay legados que trascienden vidas. El de Alexa terminó convirtiéndose en el de su mamá. Sofía Leaño hizo algo difícil con el dolor: lo convirtió en propósito. Junto con Lety Dibildox creó Dilo, una fundación que busca evitar que otros jóvenes lleguen al punto al que llegó su hija. No pretende solamente intervenir frente al suicidio. Quiere llegar antes. Mucho antes.

Ese «antes» tal vez sea la parte más importante de esta historia.

Solemos imaginar el suicidio como un acontecimiento, a fotografía: un instante extremo que irrumpe inexplicablemente en una familia. Pero una fotografía no muestra lo que ocurrió antes. Para entenderlo hay que mirar la película. A veces hubo cambios, heridas, aislamiento, palabras que no se supieron interpretar y silencios a los que no se les concedió importancia.

Sofía lo reconoce. Antes de perder a Alexa vivía, dice, en una especie de «ceguera emocional». Había señales, pero faltaba el código para interpretarlas. Hoy observa de otra manera un cambio brusco en la alimentación, el abandono de actividades que antes entusiasmaban, el aislamiento o ciertas publicaciones en redes sociales. No porque cualquiera de esas conductas anuncie por sí misma un suicidio, sino porque puede ser una razón para acercarse y preguntar.

Podemos querer mucho y escuchar poco. Los adultos tenemos una extraordinaria capacidad para interpretar el dolor adolescente en nuestro propio idioma. «Es la edad». «Ya se le pasará». «Quiere llamar la atención». «Tiene todo». Medimos sus problemas con nuestra escala y concluimos que son pequeños.

Una exclusión de un grupo de WhatsApp puede parecernos una nimiedad. Para quien está construyendo identidad, pertenencia y autoestima puede sentirse como la expulsión del mundo. Sofía lo explica de una manera sencilla: escuchar no significa resolver inmediatamente el problema; a veces comienza por reconocer que aquello que al otro le duele, le duele.

Alexa tenía nombre. El problema tiene números. En México murieron por suicidio 8,856 personas en 2024: más de 24 cada día. Pero hay otro dato que obliga a mirar hacia los más jóvenes: según la Encodat 2025, unos 440 mil adolescentes de 12 a 17 años tuvieron pensamientos suicidas durante los doce meses anteriores a la encuesta y cerca de 200 mil intentaron suicidarse.

De ahí que Dilo lleve esa idea a tres terrenos: atención psicológica, educación socioemocional en las escuelas y capacitación para quienes deben reconocer el sufrimiento antes de que se convierta en emergencia. Hablar de salud mental no debería comenzar cuando aparece una crisis. También implica aprender desde pequeños a nombrar lo que sentimos y propiciar, en la familia y en la escuela, espacios donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza.

Camus se preguntaba si la vida merece ser vivida. Tal vez quienes estamos alrededor no podamos responder esa pregunta por otro. Pero sí podemos hacer algo: construir un lugar donde pueda formularla sin miedo. Preguntar «¿cómo estás?» es fácil. Lo difícil empieza cuando estamos dispuestos a escuchar la respuesta.

Para salvar vidas, a veces el primer paso es tan sencillo de pronunciar como difícil de hacer: Dilo.

@eduardo_caccia

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