En octubre de 2011, las protestas contra el régimen del dictador Bashar al-Assad llevaban unos meses. La ciudad de Homs, en Siria, era ya uno de los principales focos de la rebelión y de la represión. Abundaban las redadas y las detenciones; había muertos en las calles y barrios enteros bajo vigilancia. En una de las zonas más activas de la protesta, un hombre llamado Abu Bilal tomó una extraña decisión: ocultar sus libros. No los metió en cajas ni los enterró. Los dejó en sus estantes, los cubrió y levantó una pared frente a ellos. En caso de una redada, los soldados no encontrarían nada.

Dime a quién lees y te diré cómo piensas. Dime cómo piensas y te diré si estás conmigo o contra mí. Como suele suceder en gobiernos autocráticos, la tolerancia ideológica es una rara avis y la sospecha, el pan de todos los días. Una biblioteca deja de ser solo una colección de libros: se convierte también en evidencia, en una huella digital del pensamiento de su dueño y, potencialmente, de sus acciones. Abu Bilal no solo escondió objetos; ocultó ideas. Ideas que, ante un gobierno empeñado en imponer una sola verdad, pueden resultar peligrosas.

Quince años después, tras la caída del régimen de Assad, Abu Bilal volvió a su casa. La guerra había transformado Homs, pero una pared seguía intacta. Según se puede ver en un video que se propagó en las redes, el hombre tomó un martillo y comenzó a golpearla. Apareció una oquedad. Se hizo más grande. Ahí estaban los estantes y los libros, decenas de títulos de religión, filosofía e historia que habían permanecido quince años en una oscuridad protectora. A salvo de la sospecha, del saqueo, de la destrucción y del tiempo mismo. Mientras afuera cambiaba el gobierno y la ciudad, detrás de un muro falso decenas de libros esperaban a que su dueño volviera por ellos.

Desconozco si la motivación de aquel hombre fue solo proteger su integridad y la de su familia o si además lo movió un amor por la lectura, las ideas y los libros. Su historia deja ver una paradoja de nuestro tiempo. Para muchos de nosotros, el problema ya no consiste en conseguir un libro prohibido o clandestino. Nunca ha sido tan fácil como ahora acceder al conocimiento. Podemos encontrar en segundos obras que durante mucho tiempo exigieron viajes, dinero, contactos o largas búsquedas. Sin embargo, esa abundancia no necesariamente nos ha acercado a la lectura. Una biblioteca no necesita esconderse cuando nadie tiene interés en quemarla o en entrar en ella.

El desinterés es una forma de fuego. Hay sociedades que temen a ciertos libros porque pueden ser leídos; nuestra paradoja consiste en que podemos quitarles su poder sin prohibir una sola página.

La vida digital compite como nunca por nuestra atención. Esa competencia coincide con una caída preocupante de ciertas formas de lectura. Según cifras del Inegi, 84.2 por ciento de la población alfabeta adulta dijo en 2015 haber leído alguno de los materiales que mide su encuesta; en 2024 la proporción había caído a 69.6 por ciento: casi quince puntos menos en menos de una década. Alguien podrá argumentar que se sigue leyendo, pero de otra forma. Se leen palabras, encabezados, párrafos cortos, comentarios, búsquedas. Pero no es esa forma de lectura la que me interesa aquí. La que está en juego es otra, la lectura que exige concentración, invita al análisis crítico, relaciona hechos y datos, reconoce estructuras y nos obliga a formar un juicio propio.

El asunto entonces no es el número de libros que leemos o no, sino cuáles capacidades estamos dejando de ejercitar. Leer, en su sentido más amplio, exige algo que la vida digital nos pide cada vez menos: permanecer. Seguir un argumento durante páginas, recordar lo leído veinte minutos o veinte horas antes. Aceptar que una idea tarde páginas en desplegarse. Imaginar una escena sin verla en un video o en una foto. Discrepar del autor y, aun así, mantenerte con él unas páginas más en lugar de desplazar el dedo hacia otra cosa. Ese tipo de lectura no solo transmite información; entrena una manera de estar en el mundo.

Hay sociedades en las que los libros tienen que esconderse de quienes quieren destruirlos. Y hay otras en las que permanecen perfectamente visibles mientras dejamos de abrirlos.

@eduardo_caccia

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