La noción popular de la política mexicana es que el presidente habiendo sido casi un rey, se retiraba al terminar su mandato. Esa es una idea romántica, útil para el ejercicio del poder, poco apegada a la realidad y no se confirma históricamente.

Ante Morena, las presiones políticas, especialmente la acusación de su intento de reelección, forzaban al presidente a declarar constantemente que terminando su gobierno se iba al rancho, a la chingada, magnífica metáfora elaborada por un político travieso.
Allá esta AMLO escribiendo libros y dejando sentir su mano, al grado que algunos sostienen/especulan voluntaristamente, que el poder presidencial está en el Palacio de Invierno en Palenque.

López Obrador dijo que terminando su gestión se retiraría, pero la presidenta lo contradice, ella sostiene que él no se retira de la política y luego trata de corregir lo que dijo. En términos estrictos ningún político se retira de la política y mucho menos los ex presidentes.

Una pregunta teórica es cuanto, cómo, y si acaso, el presidente pierde poder al abandonar el cargo. Qué elementos están en juego, por ejemplo, la capacidad formal de premiar y castigar. La cuestión está en determinar si, cuánto y como se altera el poder potencial y como se modifica el poder real.

El poder de un presidente en funciones está definido de forma precisa y taxativa (constitucional), mientras que Mario Stoppino piensa que la esfera del poder carismático no está precisada de antemano y tiende a ser ilimitada. En el caso de un presidencialismo dual como parece haber en México, ambos presidentes tienen poder potencial y la investida tiene la capacidad formal, institucional, que en principio eleva su poder potencial y real, mientras que teóricamente, la salida del poder reduce el poder potencial.

Acaso el carisma puede imponerse sobre la institucionalidad y si lo hace, de qué manera y con qué recursos puede sobreponerse sobre el poder formal, ¿acaso la amenaza de la insurrección o insubordinación?, lo que en caso de existir atenta contra la legitimidad del poder investido, entendida como aceptación social.

Aquí hay que considerar la percepción y expectativa de aquellos objetos y sujetos del poder, cuya conducta puede responder ante la imposición y hasta coerción del presidente.

La coerción es diferente entre el carismático que perdió directamente esa capacidad y la investida que constitucionalmente controla recursos, ¿es posible hablar de capacidad meta constitucional en ambos presidentes? Hipoteticamente, pensemos que el poder potencial del saliente se va reduciendo con el paso del tiempo, mientras que aumentaría para la investida.

Si AMLO pesa mucho en la política, por ejemplo, en el manejo de posiciones electorales, podríamos estar ante un fenómeno inédito de presidencialismo dual y la negación de la noción de un poder en declive.

Sheinbaum fue investida como presidenta, lo que le da formalmente la comandancia en jefe de las fuerzas armadas, aunque no su control. Tiene el control de la administración pública y la gestión del aparato paraestatal de la economía. El control de la burocracia es central para la conducción del país, aunque la burocracia mexicana carece de carrera civil y es corrupta, lo que la hace obediente y sumisa ante el poder formal.

La posibilidad de la dualidad, registra peso de AMLO en la conducción política. El control del partido y (no todos) los nombramientos políticos: gobernadores, diputados, senadores.

Pero nada en política es blanco y negro. A la vez que AMLO puede influir para mantener en posiciones burocráticas y electorales a personajes cercanos, CSP puede pesar para nombrar o vetar candidatas, como parece ser el caso de Chihuahua. Se abre la posibilidad de conflicto entre ambos.

En los sistemas políticos, no hay un corte preciso y absoluto de las influencias políticas, perder atribuciones legales las reduce, pero hay traslapes e intervención de políticos en diversos niveles y momentos que modifica el poder potencial. Por ejemplo, un senador coloca un empleado en la CFE para que le consiga negocio, un senador envía a una familiar a sabotear un evento internacional, un ex gobernador apoya candidatos a diputada, un ex presidente posiciona a una incondicional como líder del partido. El dinamismo político registra cambio en la correlación de fuerzas, y requiere que haya una suerte de equilibrio que evite tensiones que provoquen turbulencia.

Durante el nazismo se generó un Estado dual, donde el partido usurpó las funciones del poder judicial. Aún en ese estado totalitario, se compartía el poder, siempre respetando la línea final, y ese era el modelo de dominio nazi.

Sin hacer una comparación odiosa e injusta, es posible que estemos ante la construcción de un presidencialismo dual. Donde hay espacios definidos, sin cortes perfectos, competencia y consenso.

Una posibilidad es una reedición del Maximato, donde el que manda está en la acera de enfrente. ¿O Morena inaugura un nuevo modelo?

@shmil50

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