Marcelo Ebrard ha atemperado sus anhelos presidenciales. Un claro aspirante a la sucesión en Palacio Nacional en los —aún algo lejanos— comicios de 2030, Ebrard ha decidido mantener de momento un bajo perfil y concentrarse en sus labores como secretario de Economía en el Gobierno de Claudia Sheinbaum. La revisión del TMEC, el tratado comercial de América del Norte, frente a un voraz negociador como Donald Trump, le ha dado una importancia crucial a la figura de Ebrard, aunque los mayores reflectores recaen en la otra apuesta fuerte del oficialismo (y quien será quizá su mayor oponente en las internas de Morena): el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch.

Esa circunstancia, y saber que no es el favorito de Sheinbaum —a quien le disputó la candidatura para las presidenciales de 2024—, sitúa a Ebrard en una posición de cierta desventaja, que lo ha llevado a pisar con cautela el terreno político. El viernes, el funcionario dio una extraña declaración pública con la que pareció descartarse de la carrera a Palacio Nacional. “En este momento yo estoy concentrado en lo que estoy haciendo. Por favor, si quieres, quítame de la lista. Me harías un favor, quítame, bórrame. Yo estoy en mi trabajo”, dijo durante una rueda de prensa.

Ello sin embargo no se corresponde con lo que afirman desde el entorno de Ebrard, en el sentido de que el veterano político de 67 años no ha renunciado a sus aspiraciones presidenciales. Colaboradores del funcionario consultados por EL PAÍS confirman que, a través de su asociación civil El Camino de México, Ebrard continúa conformando su estructura territorial en los Estados y promoviendo su candidatura. Además, en el marco de las elecciones intermedias de 2027, antesala para las presidenciales, sus aliados más cercanos buscan conquistar posiciones en la Cámara de Diputados, las gubernaturas, las legislaturas locales y los ayuntamientos, piezas fundamentales para su plataforma política.

Ebrard ha recorrido varios cargos públicos y el último objetivo de su baraja es la presidencia. Ha sido diputado federal, jefe de Gobierno de Ciudad de México, secretario de Relaciones Exteriores —en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador— y secretario de Economía. Tres veces ha sacrificado alguna de sus aspiraciones y no parece que esté dispuesto a una cuarta ocasión. En las elecciones del 2000 para el Gobierno de la capital, Ebrard se hizo a un lado para que López Obrador, postulado por el PRD, tuviera ventaja frente al PRI y el PAN. Para las presidenciales de 2012, volvió a declinar a favor del dirigente (que perdió esa contienda, y la ganó en un nuevo intento seis años después).

Para la sucesión de López Obrador en 2024, Ebrard estaba convencido de que era su turno, y así se lo reclamó al mandatario saliente. López Obrador, para lavarse las manos, estableció que la candidatura presidencial se decidiera mediante una encuesta entre varios aspirantes. La mayor rival era Sheinbaum, que finalmente se hizo con la candidatura. Ebrard protestó con furia, acusando que el proceso interno estuvo cargado a favor de Sheinbaum. Entre sus allegados dijo que no se iba “a someter” a ella (“esa señora”, la llamó), amenazó con romper con Morena y exploró la posibilidad de postularse por otro partido, MC. En aquellos días insistía en que su meta era una, la presidencia de México, y rechazaba la posibilidad de aceptar un premio de consolación.

Ebrard terminó por plegarse, y lo hizo de manera ejemplar. Se calló todas sus críticas hacia Morena, ejerció las tareas que se le encomendaron para ayudar a Sheinbaum a ganar la elección presidencial y, al iniciar la Administración, asumió la cartera de Economía, donde se ha mantenido desde entonces, con una encomienda de gran calado: lograr para México un acuerdo justo y acotar lo más posible las exigencias excesivas de la Administración Trump. Aunque se trata de una tarea estratégica, en la que ha empeñado las habilidades negociadoras que desplegó siendo canciller de López Obrador, no le ha dado la visibilidad que desearía, al ser un trabajo más de puertas adentro.

Pese a su diligencia, el funcionario ha cometido errores que le han costado políticamente. Por ejemplo, una investigación periodística reveló que su hijo vivió en la sede de la embajada de México en el Reino Unido mientras Ebrard era secretario de Relaciones Exteriores. El político no admitió que haya habido alguna irregularidad en ello, aun cuando los reglamentos de la Cancillería prohíben a los funcionarios usar los recursos de la dependencia para fines distintos a los institucionales. El caso no tuvo repercusiones legales o administrativas, pues el Gobierno de Sheinbaum inició una supuesta indagatoria que quedó estancada en un limbo.

No obstante, el asunto sí afectó la imagen del funcionario, que cayó 10 puntos en popularidad, según una encuesta de Enkoll publicada un mes después del escándalo de la embajada. Ebrard estaba convencido de que la revelación provenía de una filtración desde la oficina de Harfuch, según personas allegadas al excanciller, y no, como fue el caso, producto de una investigación periodística llevada a cabo por algunos medios, entre ellos este diario.

La popularidad de Harfuch, en cambio, no ha hecho sino crecer, gracias a su rol como cabeza de una estrategia de seguridad que ha logrado reducir los homicidios en más del 50% y que ha golpeado las operaciones de los carteles de la droga. Quienes impulsan al secretario de Seguridad promueven la idea de que es el delfín de Sheinbaum y buscan hacer parecer su nominación como un hecho consumado. Los promotores de Ebrard, lejos de rendirse, avivan el rechazo que genera entre el sector más duro e ideológico de Morena la figura de Harfuch, un policía de formación, que colaboró en dependencias de seguridad en tiempos del PAN y el PRI, y que es descendiente de políticos de mano dura señalados por actos de represión. En el camino de Ebrard hay obstáculos, pero él ha sabido bordearlos en el pasado.

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