Elena Poniatowska se acuerda bien de la segunda vez que vio a “don Lázaro Cárdenas”. Era 1959 cuando la escritora acompañó al político a un viaje a La Habana para festejar la Revolución Cubana. “Él fue el principal invitado, el más respetado y más querido, al que se le brindó una enorme ovación. Todo el mundo se levantó y se puso de pie”, cuenta ahora por teléfono, sobre el discurso que el mandatario dio en la Plaza Cívica de la capital de la isla ante un millón de personas aquel 26 de julio. “Por ese tiempo”, dice, fue también que conoció a su hijo Cuauhtémoc, al que este jueves con tristeza despide: “Es el recuerdo de un hombre, y ahora la pérdida, de un hombre intachable. Como lo fue su padre, el general Lázaro Cárdenas”.
Cuauhtémoc Cárdenas ha fallecido este miércoles por la noche a los 92 años y su muerte ha traído ese destello que parecía perdido en la vida política mexicana: la unanimidad. Al histórico dirigente de izquierdas lo han despedido Claudia Sheinbaum y Andrés Manuel López Obrador, pero también Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Todos le han dedicado palabras de cariño y admiración. A Poniatowska no le sorprende: “Claro, porque es finalmente una de las grandes figuras de mi país. De las figuras más nobles y más memorables, es una figura que los niños de México deben conocer”.
La última vez que vio al fundador del PRD fue en una de las meriendas que celebraban en la casa del poeta Jaime García Terrés y de la promotora de arte Celia Chávez, hija del fundador de la cardiología mexicana, el doctor Ignacio Chávez. Ella, a quien Poniatowska denominaba “la amiga eterna”, falleció el pasado 9 de mayo. En esa vivienda llena de libros y caracolas marinas, la escritora coincidía con Cárdenas. “Eran todos unas personalidades admirables que consideré siempre un privilegio poder escucharlos”, relata.
Junto a la escritora Margo Glantz (de 96 años), Poniatowska es una de las últimas testigos vivas de ese otro México que entonces se construía. Han pasado muchos años, los demás se van y Poniatowska se queda. “A mí lo que me azora es pensar que gente más joven que yo haya muerto antes. Lo siento como una traición”, decía en una entrevista en 2021 con EL PAÍS: “Para mí el tiempo siempre ha sido una máquina de escribir, una computadora, un ordenador que ordena los sesos, los limpia. Y ahora… Pues es el tiempo de mi vejez».
La autora, que fue recientemente operada, no ha podido asistir al funeral de Cárdenas. “Yo no he ido a orar al velorio porque soy una mujer que va a cumplir 95 años”, dice seria, “a mí me hubiera gustado mucho acompañarlo. Me hubiera gustado mucho y me parece que es bueno, porque la familia Cárdenas es de lo más estimable en mi nación”.
Aunque en algunas entrevistas sobre Poniatowska se lee que llegó al activismo político primero con Cárdenas en 1988 y después con López Obrador, al ser preguntada, la autora todavía se remonta más atrás: “Antes yo conocí a todos los miembros del Taller de Gráfica Popular, que eran gente de izquierda, como Leopoldo Méndez y como Alberto Beltrán. Fueron los primeros que más me acercaron a la izquierda. Y luego de ir a la cárcel a Lecumberri a conocer a los presos políticos, cuando yo era muy joven”. Ese es, de nuevo, un recuerdo de 1959, cuando la escritora buscaba a los líderes ferroviarios encarcelados. Después de eso acudió muchas veces; fue considerada comunista y agitadora. “¿Cómo voy a ser comunista si soy descendiente del último rey de Polonia, Estanislao Poniatowski? Más bien soy una romántica reaccionaria”, decía la autora hace una década cuando visitó el Archivo General de la Nación y viajó al pasado.
En ese remembranza, hay un episodio con Cuauhtémoc Cárdenas del que la escritora dice no acordarse. El 10 de septiembre 2006, La Jornada —el periódico en el que siempre ha escrito—, recogió unas declaraciones en el que ella criticaba que el subcomandante Marcos, Patricia Mercado y Cárdenas no hubieran apoyado la candidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador, contra Felipe Calderón, por “envidia” a su popularidad. “Si estos tres personajes se hubieran sumado, si no se hubieran echado para atrás, no habría la menor duda del triunfo”, dijo entonces. Tras esa afirmación, Cárdenas mandó una extensa carta a la autora defendiendo su “derecho a pensar diferente”: “Me preocupa profundamente la intolerancia y satanización, la actitud dogmática que priva en el entorno de Andrés Manuel para quienes no aceptamos incondicionalmente sus propuestas”.
Después de esa misiva, Poniatowska defendió a Cárdenas de unos abucheos y afirmó que “todas las voces se tienen que oír”, pero pidió que el asunto con el dirigente se arreglara: “En la izquierda se critican, se enojan, se denuncian y esto siempre ha sucedido, entonces eso de Cuauhtémoc ojalá y se restañe y se regularice; ojalá, porque esas divisiones de la izquierda nunca la han sacado adelante”. Este jueves López Obrador ha escrito su despedida a Cárdenas: “Sin él, otra sería la realidad política del país. Fue un transformador; nos deja sus enseñanzas y los ideales que nunca mueren”.
Está de acuerdo Poniatowska, que afirma que Cárdenas “era un hombre junto al que se respiraba honestidad”. La autora, que indica que Cuauhtémoc “tenía sobre sus hombros el peso de la presidencia de un mexicano extraordinario como fue el presidente Lázaro Cárdenas”, sostiene que el dirigente “inspiraba mucha confianza”: “Yo siempre lo oí con enorme admiración y vi el cariño que suscitaba”. Al pedirle un último recuerdo, piensa y propone: “Era un hombre de una gran seriedad, pero cuando reía sabía reír y cuando sonreía, sonreía con toda la franqueza de su misma actitud ante la vida”.



































