En el mundo animal, la honestidad puede costar la vida. De ahí que muchas especies hayan desarrollado mecanismos de supervivencia ligados a la simulación o al engaño. Un caso notable es el pardillo pendulino que, ante la dificultad de luchar físicamente (su tamaño reducido no le favorece), ha desarrollado una notable ingeniería para construir su nido. Se trata de una bolsa colgante, a modo de péndulo en una rama, que cuenta con dos entradas. La primera es visible y es un señuelo. Los depredadores entran ahí y no encuentran los preciados huevos o las crías indefensas. La segunda entrada está astutamente oculta, solo reconocible para su creador. Así, el engaño tiene su recompensa: la especie sobrevive.
La semana pasada comenté sobre la medida que el gobierno de Australia impuso para que los menores de 16 años no tengan acceso a redes sociales. La ley, que ya entró en vigor, ha sido burlada por algunos jóvenes con ingeniosas tretas. En otros frentes no menos significativos, la porosidad moral también se manifiesta. Algunos autoservicios anuncian que dan marcha atrás a sus cajas de autopago. Aunque se esgrimen argumentos relacionados con la intención de dar un servicio personalizado, ha trascendido que han sufrido pérdidas por la conducta deshonesta de algunos clientes.
Vivimos en un mundo plagado de señuelos y simulaciones donde hay quienes están ávidos por devorarnos si nos descuidamos. ¿Tenemos acaso una propensión natural para la deshonestidad?
Toda sociedad genera su propio ecosistema de oportunidades y castigos para el engaño. Donde hay vulnerabilidad, aparece un depredador. Es lógico que, cuando hay más oportunidades que castigos, el sistema favorece al victimario.
Nunca estará de más evocar el trabajo de Philip Zimbardo. Nos expuso a una verdad tan cruda como luminosa: bajo determinadas condiciones, cualquier persona podría cometer un acto impensable. Para más referencia, su investigación en «El efecto Lucifer, por qué la gente buena se vuelve mala» es una consulta obligada. Ante esta fragilidad humana, Zimbardo propuso fortalecer el sistema social bajo la figura de un «nuevo heroísmo».
Este surge cuando la comunidad recompensa acciones cívicamente correctas (que, en muchos lugares, resultan excepcionales): el taxista que regresa la cartera con dinero, el médico que no hace una intervención quirúrgica innecesaria, el abogado que no pacta con su contraparte en perjuicio de su cliente, el futbolista que reconoce que no le hicieron falta (aunque le hayan marcado un tiro penal).
El maestro del engaño, el camaleón, muestra su color natural cuando no necesita esconderse. En cambio, los humanos, incluso en calma, podemos optar por disfrazarnos. Pero hay una rebelión heroica, silenciosa, en quien, pudiendo mentir, no lo hace.
Engañar es una habilidad antigua; elegir no hacerlo es una conquista personal. Y quizá el único antídoto para una sociedad menos tramposa.
@eduardo_caccia



































