A sus 84 años se ha puesto de nuevo las botas de campaña. Vicente Fox, primer presidente no priista de la época moderna y el símbolo de una alternancia mediocre, es la novedad de una oposición que busca detener esa marcha devoradora de poder llamada Morena. Su retorno muestra por igual la falta de cuadros de los antimorenistas, como una apuesta por el futuro del modelo derrotado en dos presidenciales….
¿Quién es Fox hoy y a quién le habla? ¿Cuáles son sus motivaciones y qué réditos arrojará esta aventura en la que se embarca quien, con un sabor agridulce por los fracasos de su agenda así haya heredado la presidencia a uno de los suyos, hace 20 años dejara el poder? ¿Sus otrora habilidades como candidato navegan bien la era de las redes sociales? ¿Su proselitismo sobrevivirá los fracasos de su presidencia?
Suele decirse que figuras del pasado deberían dejar el escenario a otros. En este retorno no aplica tal reclamo. De momento los cuadros de la oposición mexicana son todo menos víctimas de que Fox les impida el paso. Que de nuevo se escuche la voz, algo cansada pero inconfundible del guanajuatense que tumbó al PRI, enfatiza la ausencia de sólidos opositores, pero él qué culpa tiene de eso.
Fox ha regresado y con él, el ruido propio de su marca. Hace un par de semanas hizo historia al entrar, por la puerta grande, a la sede nacional del PRI. Una fotografía digna de varias interpretaciones. Ese mal panista que fue Vicente, siempre heterodoxo, más pragmático que doctrinario, no hizo ascos al llegar a la catedral de los priistas, el partido némesis del PAN, la causa misma de su carrera política.
Son momentos distintos, ha dicho Fox con respecto a su voluntad de acercarse a todo opositor, incluido el PRI, a fin de promover su agenda: quitarle el control a Morena de la Cámara de Diputados en 2027, impedir a los obradoristas acumular más posiciones, conjurar la, dice el expresidente, destrucción de México por parte de esos a quienes él combatió desde la presidencia y que lo han combatido a él.
Con bastón (el tiempo ha cobrado en la espalda a Fox algunas de sus andanzas), la figura del expresidente obliga a analizar el mérito de sus argumentos, incluidas las cartas credenciales con que pretende ser readmitido en el debate tres sexenios después de que se fuera al rancho, literalmente. El exmandatario sale de su retiro promoviendo una organización (Alma de México) y denunciando una deriva que le disgusta.
En La Diferencia. Radiografía de un sexenio (Grijalbo, 2007) hay en las páginas iniciales una fotografía que de golpe ilustra la diferencia entre los Méxicos, el que recibió en el año 2000 a Fox en Palacio Nacional y el que hoy es dirigido por Claudia Sheinbaum.
Tomada desde arriba, la fotografía de Octavio Gómez muestra a medio gabinete. Fox, su poderoso secretario de Hacienda, su secretario de Economía, el de Relaciones Exteriores cuya reforma migratoria quedó frustrada por el ataque, ahora hace 25 años, a las Torres Gemelas, y otros cinco colaboradores. Todos hombres. De pie, al extremo de la mesa y sin silla, Marta Sahagún, quien luego fuera su esposa.
Porque este Fox, conviene recordarlo, viene de ese otro país donde hubo una promesa de honestidad ejecutiva traicionada. Porque no solo fue su conservadurismo (machista, llamó “lavadoras de dos patas” a mujeres), sino la irresponsabilidad de permitir a Sahagún cultivar con recursos públicos delirios transexenales, y el repetir los graves errores del PRI en cuanto a corrupción y discrecionalidad.
Fue, según la autora Alejandra Lajous, un “presidente que no supo gobernar” cuyos logros, a lo sumo, “fueron de continuidad: la estabilidad económica, los programas de apoyo social y de construcción de vivienda. Su única aportación original fue la Ley Federal de Transparencia y Acceso a la Información Pública, la cual, por cierto, fue más allá de lo que la iniciativa de Fox proponía”.
Al diseccionar en 2007 el periodo de 2000 a 2006, la autora no alcanzó a registrar que la vivienda promovida por Fox terminaría en colonias enteras abandonadas por la ausencia de conectividad: villas inhabitables e impagables. En todo caso su resumen sí hace honor a lo que terminó siendo el PAN en Los Pinos, una extensión para bien y mal del modelo priista tardío. Y eso es lo que quiere de vuelta Fox.
Hay algo de poético en que quien como presidente terminó lamentando que se hiciera realidad su frase de arranque de gobierno, ésa de que él propondría, pero el Congreso dispondría, en una oferta de equilibrio de poderes que en su caso se convirtió en parálisis, ahora sea precisamente lo que busca que en las venideras elecciones se vote: que nadie tenga mayoría, es uno de los objetivos de Fox.
Las fallas y los excesos del obradorismo no solo están a la vista sino que al correr del tiempo afloran con mayor contundencia. Es un modelo de magros frutos y enormes riesgos. Pero su arribo al poder no se entiende sin muchas circunstancias a las que en su oportunidad no dieron correcta salida priistas y panistas, y entre las que se pueden mencionar fue la división política que se tradujo en lucrativo chantaje.
La concentración de poder resultó popular en parte por el fracaso de la política en los sexenios de la alternancia. Cuando Fox haga su tour de medios para promover que organizaciones y ciudadanos se articulen a fin de que no haya dispersión de objetivos electorales el año entrante, será cuestionado no solo por los escándalos de los hijos de su esposa y otras —demasiadas— corruptelas, sino por un gobierno impotente.
Porque una cosa sería, de ocurrir, que en estas campañas el chisporroteo del candidato Fox estuviera de vuelta, que la ubicuidad perenne de las redes sociales premiara al arroparlo por su originalidad y ocurrente desenfado, que incluye el no escamarse ante metidas de pata o despistes, mas otra muy distinta será el juicio a los fallos de su administración, incluido el antidemocrático desafuero de AMLO.
México sabe quién fue el valeroso Vicente Fox en la sucia elección de 1988; también le reconoce las batallas rumbo a la gubernatura de Guanajuato en los noventas hasta que derrotó los fraudes priistas. Y lo mismo su andanza desde 1997 hasta llegar a Los Pinos. Esa parte luminosa, por imponerse a la adversidad, quedó opacada cuando al salir de la Presidencia reconoció que metió la mano en la elección.


































