De nuevo para no aburrir en exceso al respetable, abordo un tema que no ha recibido la suficiente atención. Más aún, la problemática que encierra quizás no haya sido expuesta claramente, y conviene hacerlo.

El gobierno ha presumido, en varias ocasiones, el número de vacunas que nos ha donado Estados Unidos. Incluso se ha vanagloriado de que dichas donaciones han sido a cambio de nada; por supuesto no de hacer el trabajo sucio con los haitianos en Tapachula, donde los agentes del Instituto Nacional de Migración hacen honor a su fama de ser el cuerpo más corrupto y violento del aparato de seguridad mexicano (no que el rasero sea demasiado elevado). Supongamos entonces que así sea: no hemos pagado ninguna vacuna venida de Estados Unidos.

Ilustración: Kathia Recio

Como la producción en México sigue siendo muy baja (los laboratorios Liomont, en asociación con una empresa argentina y con la Fundación Slim, han producido 23 millones de dosis, pero menos de la mitad se han aplicado en México), las 82 millones de vacunas colocadas en México hasta ahora han sido todas traídas del extranjero. En este sentido, nos encontramos en una situación análoga a la mayor parte de los países de América Latina y de África. Pero, a diferencia de ellos, nosotros tenemos un tío rico que nos regala inoculaciones. La pregunta moral es si esto es aceptable para México, y para Estados Unidos.

Según la Americas Society, México ha recibido aproximadamente 6 millones de vacunas procedentes de Estados Unidos: menos que Colombia (con la tercera parte de la población). En el gobierno nos podrían explicar por qué. Pero ese total representa el doble de Honduras, de El Salvador, el triple de Paraguay y de Ecuador, seis veces más que Bolivia y diez veces más que Haití. Todos estos países tienen un PIB per cápita muy inferior al de México, y cuentan con presupuestos nacionales dramáticamente menores que el nuestro.

De verdad, ¿no nos alcanza para pagar las vacunas norteamericanas? En serio, ¿merecemos más esas donaciones que los países pobres del mundo, a sabiendas que somos una nación de ingreso medio, con una de las quince economías más grandes del mundo, y un PIB per cápita más alto que toda América Latina salvo Chile, Uruguay y Panamá, y que toda África? ¿Primero los pobres? ¿Sólo los nuestros? Ya que ahora somos muy solidarios con los afganos (obviamente no con los hondureños, cubanos, nicaragüenses, salvadoreños, guatemaltecos y ecuatorianos), ¿no sería más lógico donar nuestras donaciones a los países que en efecto no pueden pagar? O mejor dicho, ¿dejar de chantajear a Biden que nos entregue a nosotros, y no a los de Bangladesh?

O tal vez la lentitud inicial —y vigente— del proceso de vacunación en México se debió a la misma mentalidad de abarrotero que impera en Pemex y en la SEP. Mejor pagar menos, aunque se tarden más. Mejor no pagar, si nos las regalan, aunque se tarden, nuevamente. Mejor andar de gorrones que derrochando dinero del pueblo en comprar vacunas caras.

Me gustaría ver la cara de nuestros representantes en la OMS o la OPS al anunciar que hemos recibido tantas donaciones de nuestros vecinos, y lo orgullosos que estamos. Podrían decírselo en particular a los haitianos, a los centroamericanos, o incluso a los amiguitos cubanos de la 4T. Ningún país puede presumir de superioridad moral en este mundo: ni los suecos, ni los canadienses, ni los sudafricanos. Pero darse baños de pureza y andar mendigando vacunas gratis cuando podemos pagarlas, y otros no pueden, es vergonzoso. Y no importa que nadie se de cuenta.