Transité los pasillos de una casa singular, un espacio para observar y ser visto, plagada de ojos, algunos dentro de un rostro, otros insertos en paredes o en la palma de una mano blanca. «En casa con mis monstruos» es una falsa curaduría del horror, es más bien un exhibición sobre la belleza en diferentes manifestaciones, donde lo informe dialoga sensualmente con su contraparte de la misma manera que el claroscuro nos seduce más que un sitio totalmente iluminado o totalmente oscuro.

Guillermo del Toro no niega sus orígenes: «Los monstruos hace muchos años, cuando crecía como niño católico en Guadalajara, me perdonaron todos mis pecados y me permitieron ser imperfecto». Con esa confesión comparte algo de su universo, más de 900 obras dispuestas en 8 salas que evocan su casa en Los Ángeles, llamada Blake House, en referencia a la novela de Dickens y en franco homenaje al escritor de literatura fantástica y crítico social, influencia para el artista.

Si hemos de convenir en el cliché universal de que la belleza está en el ojo del observador, otras cualidades estéticas como la fealdad, lo grotesco, lo abominable, lo sublime, lo banal y más, están también en la forma de apreciar la realidad, quizá por ello, desde el texto curatorial, Eugenio Caballero señala con tino el núcleo de la narrativa del creador de El laberinto del fauno: «Sus historias nos muestran que la belleza es muy distinta a lo que creemos», y hace una pregunta fundamental: ¿qué es lo monstruoso en realidad?

Incapaz de responder por mí mismo, recurro a Umberto Eco en A hombros de gigantes, donde dedica sendos capítulos a la belleza y a la fealdad, ambos ejercicios interpretativos e influenciados por las distintas épocas y costumbres del ser humano, por supuesto valores relativos que se adaptan al convencionalismo del momento. El semiólogo italiano cita a Tomás de Aquino, quien desde el siglo XIII escribió de proportio como uno de los criterios de la belleza, que no se refiere solamente a las relaciones matemáticas, «para él la proporción no es solamente una justa disposición de la materia, sino una perfecta adaptación de la materia a la forma», lúcida idea para entender la belleza en los monstruos y el universo simbólico de Del Toro. Con precisión de acupunturista chino, Eco recurre al testimonio de San Buenaventura: «la imagen del diablo es bella cuando representa bien la fealdad del diablo».

En este punto recuerdo la fascinación que tiene mi amigo y mentor Agustín G. Garza cuando comparte su atracción por fotografiar objetos en descomposición, entes arrumbados, materiales que al perder sus cualidades originales, paulatina y generalmente por consecuencia de la intemperie, adquieren orgánicamente una nueva textura o forma, donde el moho, el óxido, las horadaciones de insectos, los resortes expuestos de un sillón desvencijado, incluso la silla de tres patas o la microscópica belleza de las pelusas en los rincones, se vuelven protagónicos al formar un nuevo objeto cuya belleza es un secreto arte de contemplación y descubrimiento. ¿En dónde existe lo sublime? ¿No es poéticamente más bello contemplar a un hombre hurgar con su cámara entre despojos que en un jardín hermoso?

Los monstruos son representaciones alegóricas que simbolizan realidades sobrenaturales, y los de Guillermo del Toro son muy honestos, quizá mucho más que los «seres normales», pues no pretenden asustar ni causar horror per se, sino transmitirnos algo más con el contexto y sus historias. Quizá por ello «La forma del agua es un cuento de hadas para tiempos difíciles».

A través de Eco comprendo la naturaleza medieval de la visión del director de cine tapatío y asimilo que la experiencia de lo bello siempre representa un elemento de desapego (aceptamos que algo es bello aunque no podamos poseerlo), pues «lo bello es distanciamiento, ausencia de pasión. Lo feo es pasión».

Una sala de la exhibición está destinada a la influencia infantil que la novela icónica de Mary Shelley tuvo en el autor de Cronos, quizá por ello él resume provocadora y monstruosamente así su inspiración: «Hay gente que se encontró con Jesucristo, yo me encontré con Frankenstein». Algo tienen que decir esciápodos, monóculos, cinocéfalos, mandrágoras, unicornios, faunos, hadas y dragones, para quien quiere escuchar.

@eduardo_caccia

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