, como cualquier nación, tiene muchos problemas. Parte de lo fascinante de enfrentarlos es el debate de cómo hacerlo. Nadie tiene una varita mágica con la solución perfecta. Todas las sociedades tienen que debatir, con base en argumentos y evidencia empírica, las mejores respuestas. Extraño que se ha perdido eso en México: ya no se debate sobre , todo tiene que ver ahora con la política y, en particular, con el Presidente.

Efectivamente, desde que ganó las elecciones, López Obrador ha secuestrado el debate público. Él pone todas las mañanas, en sus conferencias de prensa, los temas de la agenda. Generalmente son cortinas de humo que polarizan la discusión pública. O se está a favor o se está en contra.

Ahí está, por ejemplo, la discusión tonta sobre los doctores cubanos. Que si pueden ejercer en México. Que si son o no muy caros. Que si los médicos mexicanos se han aburguesado. Que si hay que apoyar a la hermana república caribeña.

Puras nimiedades. El tema de fondo es qué hacer con la salud pública en México. Ahí sí que hay mucha tela de dónde cortar. Hasta dónde el Estado tiene los recursos para ocuparse de la salud.

Hasta dónde integrar a la iniciativa privada en la provisión de los servicios.

Es un tema fascinante que se está dando en todos lados del mundo. Tiene que ver con el Estado de Bienestar y el derecho de todos los ciudadanos al acceso a los servicios de salud independientemente de sus ingresos.

Pero aquí en México, como en muchas cosas, estamos hablando de tonterías.

Es la consecuencia de un sexenio que se ha personalizado todo en la figura del Presidente. Todo gira en torno a AMLO. Se analiza con lupa lo que dice o no dice. Se interpretan sus gestos.

Pero, además, los medios han renunciado a analizar temas de interés público. ¿Dónde quedó, por ejemplo, el asunto del cambio climático y sus consecuencias para México? ¿Por qué ya no se discute el problema de la pobreza y la efectividad de la política social de López Obrador?

Por una razón fundamental: es más fácil tomar la declaración escandalosa del Presidente y darle vuelo a la hilacha.  Buscar las reacciones a favor y en contra. Hay una especie de pereza mediática de hablar de temas de fondo.

Yo extraño mucho hablar de temas de sustancia durante este sexenio. Por ejemplo, el asunto de la reforma eléctrica da para mucho. ¿Debe el Estado retomar el monopolio de la generación como propone AMLO? ¿Cómo hacerlo compatible con la transmisión y distribución que siguen teniendo condiciones monopólicas? ¿Qué hacer para incentivar la generación de energías limpias? ¿Cómo evitar la quiebra de la Comisión Federal de Electricidad?

Preguntas hay muchas, y ni se diga de las posibles respuestas. El problema es que el Presidente, en lugar de invitarnos a un debate de altura, todo lo resume en la disyuntiva maniquea entre traidores y leales a la Patria. No es posible discutir cuando se ponen estas etiquetas tan bobas. El simplismo tan ramplón no permite el debate de los matices que siempre son los elementos más fascinantes de las políticas públicas.

Lo mismo está pasando con las propuestas de reformas electorales. Los partidos han puesto sobre la mesa propuestas muy interesantes que sería maravilloso debatir. Pero, en la tesitura de este sexenio, no vale la pena hacerlo. Todo está polarizado. O se está a favor o se está en contra. Héroes y villanos. El nivel del debate ha bajado como si se tratara de platicar de la telenovela de anoche.

Hay tantos temas que debatir en nuestro país.  El modelo económico que supuestamente debería sustituir al neoliberalismo. La participación de los militares en labores de seguridad pública.  Cómo resolver el creciente problema de los feminicidios. Qué hacer con la en pleno siglo XXI. Cómo darle servicios de salud a toda la población. Si se puede no resolver la pobreza con programas de transferencias de dinero en efectivo. Qué es preferible: las energías limpias o las fósiles. Qué hacer para que abatir los índices de impunidad en México. Debe abrirse o no nuestro país a la migración. Cómo apoyar la ciencia y tecnología.

En fin, que se extraña los buenos de sustancia. Los que tienen que ver más con políticas públicas que con la política a secas. El presidente López Obrador es uno de los responsables de esta situación. Genio de la comunicación, pone en la mesa los temas que a él le interesa que se discutan y no los que le convienen al país.

 

Twitter: @leozuckermann