México cierra el 2025 ante  una encrucijada. Con el gobierno de la Cuarta  Transformación entran do en su séptimo año y  las elecciones intermedias  de junio de 2027 ya en el  horizonte (sin soslayar la  posibilidad de que se realice la consulta de revocación), el país se prepara  para transitar a lo largo  de un 2026 marcado por  profundas tensiones políticas y vulnerabilidades  económicas. La frágil gobernabilidad impone riesgos para la inversión, el  crecimiento y la cohesión  social que podrían materializarse en un escenario  potencialmente adverso. 

En el terreno económico uno de los principales focos de preocupación será la revisión del T-MEC programada para  julio. Este acuerdo, vigente desde 2020 (renovado  del TLCAN), será prácticamente renegociado y el  proceso no será sencillo.  En un contexto global de  creciente proteccionismo  y bajo una lógica de segu ridad económica, nuestro  país seguramente enfrentará exigencias por parte  de sus socios de concesiones que puedan resultar difíciles de procesar: temas vinculados a migración, seguridad  y acceso a sectores estratégicos defendidos hasta ahora  por el nacionalismo ideológico, podrían ser la punta de  lanza. Las negociaciones serán tensas y cualquier decisión equivocada podría dañar significativamente la confianza de los inversionistas  en un momento en el que  la incertidumbre internacional ya pesa sobre la economía nacional. 

 Desde el punto de vista de las finanzas públicas  el  gobierno se enfrenta a desafíos nada menores.  El déficit  aprobado de 4.1 por ciento del PIB pone en evidencia que  a pesar de los esfuerzos de consolidación, no se ha avanzado lo suficiente por lo que la dependencia de la deuda  seguirá siendo alta y los esfuerzos por corregir las desviaciones serán más dolorosos reduciendo el margen de  maniobra para operar una política económica que ayude  a recomponer el débil crecimiento del PIB que se estima  para 2025 impidiendo una recuperación en 2026, que difícilmente alcanzará el 1.5 por ciento de crecimiento cifra bastante alejada de las pretensiones gubernamentales (1.9-2.8 por ciento) discrepancias que pueden minar la credibilidad y confianza de los mercados. En este contexto, la sostenibilidad de los programas  sociales corre peligro si los ingresos no cumplen con las  expectativas. parte de la apuesta financiera del gobierno para 2026 depende de un aumento de la recaudación  tributaria basada en mayor fiscalización de la disciplina en el gasto. (pero si la economía no crece lo suficiente o si la inversión privada se sigue retrayendo por  el entorno político, las previsiones de ingresos podrían no materializarse  o hacerlo de forma tardía, lo cual complicará el  financiamiento de los programas de transferencias  abriendo la posibilidad de  incrementar la deuda. En el ámbito político, la anunciada reforma  electoral impulsada por el  régimen que podría implementarse con poca o  nula apertura y sin consenso entre fuerzas opositoras, genera inquietudes  graves. Sin plena claridad  de que las reformas sean  necesarias, su imposición  podría debilitar aún más  los contrapesos institucionales esenciales para  una democracia sólida.  Un mayor debilitamiento institucional, pondría  en riesgo no solo la legitimidad democrática,  sino también la estabilidad macroeconómica: los  inversionistas requieren un entorno político predecible y transparente para planear a mediano y largo plazo. 

Otro factor de riesgo para 2026 es la peligrosa combinación de percepción (más bien realidad) de inseguridad  y la creciente violencia político-electoral. En un entorno donde parte de la sociedad ya expresa dudas hacia el  gobierno —por una combinación de alta criminalidad,  militarización de la gestión pública y crecimiento económico débil con inflación persistenten la desconfianza hacia las instituciones puede traducirse en menor consumo, menor inversión y mayor polarización social. La  militarización de la seguridad y la sensación de impunidad y corrupción galopante añaden una capa adicional  de fragilidad e incertidumbre. El clima de inseguridad  no solo es social, es también económico y no escapa de  la volatilidad internacional que se vislumbra. 

Se perfila como un año de alto riesgo para  México, cargado de desafíos políticos que pueden traducirse en frenos económicos si no se manejan con prudencia. La combinación de factores políticos y económicos  convergen para crear un escenario complejo. Si el gobierno logra mantener la credibilidad  y retomar la confian]a  de los mercados, articular el diálogo institucional y fomentar un crecimiento propicio, podríamos sortear los  embates. Pero si no retoma la cohesión social —y se refuerzan las bases para un desarrollo sostenible—, los costos  de esta incertidumbre podrían sentirse de forma profunda,  no solo en las cifras económicas oficiales y no oficiales  sino  en el bienestar material de la población. 

El autor es presidente de Consultores Internacionales, S.C.®

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